Artículo trigésimo tercero: Sísifo Torra

En julio de 2012 el Parlament aprobó un texto que proponía dotar a Cataluña de un sistema fiscal nuevo, propio, parecido al vasco (lo que, por cierto, había rechazado Pujol cuando se lo propuso el Gobierno durante la Transición y ahora se reclamaba con el correspondiente aderezo de victimismo).

En septiembre, Mas se reunió con Rajoy; su negativa le hizo sentir legitimado para certificar la defunción del “pacto fiscal” que, según él, era la última posibilidad de entendimiento entre Cataluña y (el resto de) España. Varios municipios se declararon a favor de la independencia y “territorio catalán libre” en donde la legislación española quedaría sólo como residual hasta la entrada en vigor de la nueva legislación nacional catalana. La Diada de ese año fue la primera de las multitudinarias que han ido jalonando los últimos seis años del “procés”.

Un mes más tarde, ya se especulaba con la pregunta más adecuada para el referéndum consultivo (o consulta participativa, o vaya-usted-a-saber…) del 9N de 2014. En septiembre de 2015, se celebraron unas elecciones autonómicas a las que los independentistas quisieron dar “carácter plebiscitario” (pero con votos o escaños o lo que fuese, y sin el resto de requisitos; ¡una nueva modalidad!).

Entre la primera y la última de esas fechas, me encontraba trabajando en el extranjero, con colegas de una cincuentena de naciones entre aliadas y socias, y una intensa vida laboral y social en la que se me preguntaba constantemente por lo que estaba ocurriendo en Cataluña y, sobre todo, por mi opinión sobre lo que se pretendía, porque era (y es, aún más ahora) asunto muy difícil de comprender por ahí fuera.

Solía responder con cuantos argumentos y datos podía, e incluir la idea de que, más que “la independencia”, era “el independentismo” lo que se buscaba, puesto que “la independencia” (en la hipótesis de ser posible) habría de suponer un problema absolutamente complejo cuya resolución recaería sobre los que la procuraban, mientras que “el independentismo” aleja toda responsabilidad y, más aún, permite seguir con el victimismo, con las culpas de Madrid a pesar de la excelencia de Barcelona, etc. etc.

El “procesismo” en sí, es el verdadero negocio del que pretenden seguir viviendo muchos sinvergüenzas supremacistas y en el que se han acomodado muchos abducidos ignorantes. “Ya lo verán ustedes”, les decía, y más de uno se estará acordando ahora de mis vaticinios de entonces.

En ésas estamos aún. En 2010, Mas había sido investido con normalidad y en primera vuelta. Sus primeras declaraciones me infundieron muy poca confianza (tal vez fuera por mi “exceso de sensibilidad” o mi “obsesión preventiva”), pero tuve dificultades para explicar por qué a mi gente, ya que parecía todo normal.

Ahora, después de lo que hemos estado viviendo, aquélla parece desde luego una situación natural y controlada… No necesito resumir estos años, ni contar cómo han sido las investiduras de Puigdemont y de Torra (ni los fallidos intentos entre una y otra). Todo ha sido un ir y venir, días y días calificables como “de la marmota”, el mito del Sísifo castigado a empujar cuesta arriba por una montaña una piedra que al llegar a su cumbre vuelve a caer para repetir infinitamente el frustrante proceso.

Como si nada hubiera pasado, Torra nos dijo ayer al ser investido: que quiere “ser fiel al mandato del 1-O” (a pesar de tanto como han ido “envainando” sus colegas Mas, Forcadell, Junqueras, etc.); que es Puigdemont quien habrá de ser investido (a pesar de todos los pesares; y cuyas órdenes desde Berlín está claro que va a obedecer); que hay que seguir un plan de restauración tras los efectos de la aplicación del artículo 155 (a pesar de que, de seguir así, es probable que haya que volver a aplicarlo); que quiere que se restituyan las 16 leyes tumbadas por el TC y todas las delegaciones en el exterior y el DIPLOCAT (sin revisión ni supervisión de sus actividades)…; que ¡Viva Cataluña libre! (citando, según dijo, a Carrascó i Formiguera); que se arrepiente de sus twits xenófobos “si alguien los ha entendido como una ofensa, ya que no era ésa mi intención” (en cualquier lugar civilizado y normal, un personaje así ni siquiera habría sido propuesto; aquí llega a President y su hemi-hemiciclo aplaude cálidamente); que ofrece diálogo (otra vez con la monserga buenista de la independencia modelo “referéndum sí o sí”, pero muy dialogada); que quiere que se internacionalice la situación política catalana (se ve que últimamente esto va flojeando y que no le ha dado suficiente cancha la frialdad con que la noticia de sus twits ha sido acogida por responsables de la UE y socialistas europeos); que la situación es excepcional (¿no te joroba?) porque hay “exiliados y presos políticos”, lo que ya se encarga bien de expresar con profusión de lazos amarillos; (uno enorme dijo que pondría, y puso,  en el balcón del Palau diciendo a la vez que gobernará para todos los catalanes… -por lo visto, los demás seguimos sin serlo-)… ¡Ni Quim (por Joaquim-Joaquín-) ni nada, éste es el auténtico Sísifo Torra en persona!. La Generalitat está en manos de un supremacista declarado y un kamikaze; millones de catalanes-españoles-europeos también.

Rajoy se reúne hoy con Sánchez y pasado mañana con Rivera (este artículo saldrá dentro de unas semanas, porque tanto acontecimiento diario supera la capacidad semanal de mi columna), supuestamente para ver qué se hace con la suspensión o prolongación del art. 155. Debería suspenderse –es lo propio- en cuanto haya un gobierno formado en la Generalitat; sin embargo, puestos en plan irónico, como la actuación de ese gobierno va a “pedir” enseguida su reimplantación, lo mejor sería suspenderlo “simbólicamente” durante ocho segundos, como hizo Puigdemont con la declaración unilateral de independencia… y ¡a ver qué se dice!.

Torra ha sido elegido por Carlos (como el “emperador”), que no quiere que le toque el despacho ni no sé qué salón (a saber a qué juegan éstos…). Elige a un fuerte aparente, alguien “que no le toque los salones”, alguien provisional que dice que es él quien debe ser investido y va a rendirle pleitesía a la mañana siguiente (a mí me daría vergüenza).

Pero, en el fondo, desde su particular lógica, no está mal elegido porque no es el mejor para Cataluña pero sí debe ser el más fiel al emperador y, si se fija usted, encarna como nadie lo más genuino de un movimiento que ha conseguido en unos pocos años adormecer el espíritu crítico de demasiados catalanes, que ha alimentado su ego, su supremacismo y su victimismo; un movimiento que enaltece hasta colocar en la élite política dominante a quienes escogen la pasión identitaria como estilo de vida y vetan el paso a los demás: a las pocas horas de su investidura ya esquivaba Torra en TV3, levemente, la responsabilidad de sus twits xenófobos y convertía las críticas en un ataque hacia él (con victimistas frases: “lo sacan fuera de contexto; eran sin mala intención; yo no soy así; si empiezan a atacarme ya desde recién investido…”).

No podía ser de otra manera, ¿cómo iba a escoger alguien tolerante y sensato?, éste es el auténtico “ni un pas enrere” (ni un paso atrás) del independentismo.

Sólo hace dos artículos hablábamos de paradojas. Tal vez, una de las más célebres sea la del mentiroso: según ella, un hombre dice que miente; si no miente, es verdadero que miente; y si miente, entonces es falso que mienta.

En dos de los famosos twits de Torra, dice que “si siguen unos años más en España, corren el riesgo de acabar tan locos como los españoles”; y que “el fascismo de los españoles que viven en Cataluña es infinitamente patético y repulsivo”; en ambos casos, si miente no hay por qué preocuparse (basta con mandar a este individuo allá donde debiera estar desde antes del primer twit); si no miente, él mismo (español que vive en Cataluña) está loco ya, sin esperar a nada, y su fascismo es tan patético como repulsivo. Sólo se salva la lógica mental de este fenómeno de Torra (tan catalán y español como yo) si se tiene en cuenta que no se considera a sí mismo como español ni a mí –seguro- como buen catalán; pero de esa manida tontería ya he hablado en otros artículos.

Si “Spain is different” y “Catalonia is so different…”, “Guess what: Catalonia must be genuine Spain!”…  (Si España es diferente y Cataluña tan distinta, adivine: ¡Cataluña debe ser España genuina!)… No me lea más ya hoy, usted y yo vamos a acabar agotados con esto.

Por Ángel Mazo

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