Artículo quincuagésimo tercero: el saco de la paciencia

Conté un día que Torra y yo hemos estudiado en el mismo colegio, religioso, aunque no en los mismos años, ni las mismas cosas, ni con el mismo aprovechamiento (evidentemente). En el caso de Puigdemont, ni siquiera eran las mismas aulas, por cerca que estuvieran. Escuchando su “tontería del día” de hace un mes (la combinación: 3 de octubre y Ámsterdam es estupenda para meter nuevamente la pata, si es que alguna vez la saca), se me ocurre que no tuvo tampoco un director como el que tuve yo; se llamaba Baltasar y cuando estábamos muy nerviosos (normalmente cuando llovía y no se podía salir al patio) solía decirnos que, en aquel colegio, se iba sacando la paciencia de un saco en cuyo fondo había un palo. Era ésta una parábola que nunca precisó de niveles más altos del magisterio de la Iglesia para que fuese comprendida por nuestras mentes, pequeñas pero muy atentas.

Puigdemont, en una nueva ocurrencia con el único fin de que esto no acabe (porque algo tiene que hacer cada día para no caer en el olvido), de alargar la ingenuidad o de retrasar la frustración de sus seguidores, advirtió a Pedro Sánchez que “la paciencia de la sociedad catalana no es infinita”.

De entrada, ya se ve que siguen hablando en nombre de toda Cataluña (el nada demócrata Luis XIV decía: “L’État, c’est moi”); no saben hacer otra cosa, no encuentran otra forma de disimular la legitimidad que les falta… También se aprecia que siguen en el mismo tono de advertencia o amenaza (el victimismo les hace interpretar como amenaza cualquier bobada y rasgarse las vestiduras, pero pruebe usted a hacer el sano ejercicio mental de tomar ciertas declaraciones de independentistas e imaginarlas en boca de autoridades estatales orientadas al revés, y verá el efecto; yo lo he hecho. Por ejemplo: imagine a Sánchez diciendo a Torra “vamos a tener un otoño calentito…”, o “no pienso dar un paso atrás…”, o “si no dejas de hablar de autodeterminación, no te saldaremos los 1.459 millones de deuda…”, o “estoy dispuesto llegar hasta donde sea porque tengo el mandato democrático de defender la Constitución y la unidad de España…”, o “no aceptaré más que una sentencia condenatoria con la pena máxima”, etc., etc. Es un juego intelectual interesante, nada más que un juego.).

“La paciencia de la sociedad catalana no es infinita”… era el ultimátum de Puigdemont hace un mes (¡un mes!, ya lo habría olvidado yo también, de no haber sido porque tomé nota para este artículo) quien no quería quedar descolgado del protagonismo ganado por Torra con su propio ultimátum sobre el no apoyo a los presupuestos de Sánchez. Lo más sensato sobre ultimátums (aceptemos este plural) dicho por el independentismo es cosa de Rufián: “Los ultimátums los carga el diablo” (dos comentarios  se me ocurren: 1) algo de negociación debe saber este diplomado en Relaciones Laborales; 2) mal vamos si las clases de sensatez las ha de impartir a partir de ahora este excéntrico).

Pero me pregunto dónde está el fundamento del ultimátum o, en otras palabras, qué hay guardado en el fondo del saco de la paciencia de esa parte abducida de la sociedad catalana (a la otra parte ya se le acabó hace un año una paciencia que parecía infinita). No es un palo –como en mi colegio-, desde luego; sería extraño después de tanto alabar la paradigmática actitud pacífica, genuinamente no violenta de los catalanes (digo “gen-uinamente” porque reside, al parecer, en nuestros gen-es) y hemos de incluir ya a los CDRs (Torra les apoya y anima a apretar, Puigdemont les justifica por su importante labor). Y si no es un palo, ¿qué es?. Y si es la nada, el diablo ha cargado verdaderamente este “ultimátum”, porque se quedará en un “desiderátum sin pimpampum ni tedeum”.

El sentimiento de impunidad que acompaña siempre a Puigdemont y a todos los suyos (hasta que les va llegando su  San Martín y entonces protestan lastimeramente de los muchos kilómetros que tienen que hacer sus familiares para visitarles, etc.) les hace creer que están solos en el universo y no ven que, si hay prójimo, si hay “otros”, debe haber también “otros sacos de la paciencia”. Y no me refiero al mío ni a los de cuantos están contra el procés (dentro y fuera de Cataluña). Hablo ahora del Estado, del nuestro y de cualquier otro Estado.

Supersticiosos habrá en el independentismo que crean que es “mentar la bicha”, y atraer el mal agüero, pronunciar tanto la palabra “Estado” para atribuirle la culpa de todo. No se me escandalice nadie si traigo a colación el reconocimiento que los sesudos tratados de ciencia política que a veces me trago, hacen de la necesidad que tiene todo Estado (incluidas las repúblicas imposibles) de poder coercitivo. Ya está, ya hemos llegado. Eso es lo que hay en el fondo del saco de enfrente, que es el de la paciencia del Estado, y lo saben (y hasta lo conmemoran cada dos por tres) ellos mismos mejor que yo, ¿qué quiere que le diga?.

Se estudia en ciencia política que son atributos básicos del Estado el poder constituyente y el ejercicio de la soberanía, la administración “profesional” (civil y militar) de las tareas de gestión pública (interior y exterior), y el monopolio de la violencia legítima. Es el Estado el que posee todo eso y, si acaso, transfiere partes de ello (cesiones de soberanía, ciertas áreas de gestión pública, ámbitos determinados para el uso responsable de violencia legítima). Entérense quienes no lo saben ni quieren saber: en todo el mundo, los Estados son organizaciones políticas con poder coercitivo en el fondo de su saco de la paciencia, para ejercerlo según se precise y con mayor o menor acierto. Las organizaciones de menor entidad (en nuestro caso: comunidades autónomas, diputaciones, cabildos, consejos insulares y ayuntamientos) no lo tienen, o sólo en parte y porque ha sido transferido por el Estado al que pertenecen. Los Estados que no tienen poder coercitivo son Estados fallidos donde mandan los llamados “señores de la guerra” y otros innombrables, (pero no es el caso de España, ¡entérense ya de que éste es un Estado social y democrático de Derecho, de primer nivel en Occidente; y no el cúmulo de anomalías que ustedes se empeñan en imaginar y propagar!).

Voy a remitirme al famoso discurso de John. F. Kennedy, presidente del Estado que se considera modélico en el mundo en cuanto a democracia, cuando en 1962 justificó el uso de las fuerzas federales en Mississipi, por la desobediencia de su gobernador a una sentencia del Tribunal Supremo al oponerse al ingreso de un negro en una universidad de blancos (tome nota: desobediencia del gobernador a una sentencia del Supremo). Hubo un muerto y 75 heridos. El Cuerpo de Marshalls era lo que había al final del saco de su paciencia tras hacer lo imposible por evitar movilizarlo. Resumidamente, dijo en su discurso (poco conocido en Cataluña): “Los estadounidenses son libres de estar en desacuerdo con la ley, pero no de desobedecerla (…) Ningún hombre, por poderoso que sea (…), ninguna turba por rebelde que sea (…), tiene derecho a desafiar a un tribunal de justicia. (…) Si eso ocurriera (…) ninguna ley estaría fuera de duda, ningún juez seguro de su mandato, ningún ciudadano a salvo de sus vecinos”. Estoy investigando si gritó alguien algo del estilo de “¡fuera las fuerzas de ocupación!” (‘occupation forces go home!’, o algo así…), pero no consigo encontrar nada. Han pasado 56 años, los negros estudian y enseñan en las facultades, y en los campos de béisbol a nadie se le ocurre cantar nada en el minuto 19 con 62 segundos (imposible del todo, ya lo sé) ni demostrar excesos imaginativos con otras formas de conmemoración.

No tengo el mucho espacio necesario para analizar las “perlas” con las que ayer completó su show Puigdemont, pero no me resisto a enumerarlas: “Hace mucho tiempo que pedimos que se respete el derecho a la autodeterminación”. “En caso de una respuesta contraria a la independencia en un nuevo referéndum pactado, el problema de los catalanes que sí la quieren seguiría sobre la mesa y habría que negociar un nuevo estatus”. “No se puede ignorar que hay más de dos millones de catalanes independentistas que no están satisfechos con el status quo actual”. “Europa y el resto de los Estados nos hacen el vacío y es un error”. “La autodeterminación es un derecho reconocido en la Carta de Naciones Unidas”. “Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, debería mediar en este conflicto europeo”. “Fue decisivo el resultado del referéndum del 1 de octubre, fue financiado por voluntarios de forma colectiva y sin gastar un euro público”. “Sánchez está ahí también gracias a nosotros. Me pregunto si se trata de un Mariano Rajoy 2.0, o presenta una nueva versión. Si es lo mismo, no tiene sentido haber cambiado de gobierno. Lo ideal sería sentarse a una mesa de diálogo y de respeto”. “Es verdad que se han marchado 3.000 empresas, pero sólo han trasladado su sede social”. “No pensemos en el pasado. La república es el futuro. Si eres dueño de tus recursos la economía funciona”. “La autodeterminación es una herramienta de paz. Las guerras europeas, desde 1914, tienen su origen en la falta de autodeterminación”. “Y los catalanes sólo queremos servir a nuestro pueblo con nuestros recursos”. “No pensamos salir de la UE. Mantendríamos la ciudadanía europea, y solo haría falta que España nos reconociera. Hay vida fuera de la UE, pero no nos lo planteamos”. “Los CDRs tienen una función importante como han demostrado a lo largo de este año (…) que una minoría de gente utilice un lenguaje enmascarado, o que no es el nuestro, no desdibuja que los 200.000 que salieron a conmemorar el referéndum del 1-0 lo hicieran de manera pacífica y civilizada”.

Lo que sigue ahora no lo dijo ayer Puigdemont, sino Voltaire hace mucho: “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”. Nada más por hoy; sepa usted que no deja de llover en Cataluña y no se puede salir al patio… (ya sabe por qué lo digo).

Por Ángel Mazo

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