Es un disparate pretender que un político sea un intelectual, lo que es preciso es que sea honrado y eficaz, ajeno a su interés propio y volcado en el bien común, siempre con imaginación y con voluntad integradora. Cualidades superiores a las del brillo intelectual. Hay políticos que alardean de cultura y abundan en dicharachos. Mala señal, incluso se equivocan al citar ufanos la Crítica de la Razón Pura, de Kant. Me atrevo a recomendar a quien sea la lectura de otro libro kantiano menos árido y más breve: Los sueños de un visionario.
Hoy, en cambio, me fijaré en unas observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime que publicó en 1764, con 40 años de edad. Al final de esas páginas incurre el filósofo en frases hechas y lugares comunes. Así, “si los árabes, en cierto modo, son los españoles de Oriente, los persas son los franceses de Asia”. Kant veía a los españoles como serios, callados y veraces, pero escasamente benevolentes. Y sostenía que en el mundo había pocos comerciantes más honrados que los españoles. No sé, yo diría que en todas partes cuecen habas…
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