Gregorio Marañón rememoró la figura de Luis Vives (el humanista valenciano que en el siglo XV dio nombre a la cultura como voz del alma, más allá del trabajo de la tierra). Vives anotó que Brujas, su patria adoptiva, significa ‘puentes’. Quizá así, conjeturaba el insigne médico, buscase mostrar que su pretensión íntima “no era la gloria oficial y sedentaria de la cátedra de Alcalá de Henares”, sino el gusto de pasar, por encima del tiempo fugitivo, a una vida perdurable.
El doctor Marañón señalaba como debilidad del espíritu nacional el enfermizo enojo que producen las críticas de costumbres y del funcionamiento de la cosa pública que efectúan personas entendidas y veraces. Sostenía que enseguida se les califica de “antiespañoles, ya por los bandos tradicionalistas, si la voz leal era más bien avanzada ya por el gremio de los avanzados, si la crítica salía de bocas moderadas. Cuando el crítico es ecuánime, cuando es, en su noble sentido, liberal, las pedradas le llueven por igual desde los dos extremos”.
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