Bienaventurados los libres de nacionalismo porque de ellos será Tabarnia

Lo que algunos llevamos denunciando años, y otros ─como Antonio Robles─ décadas, que sucede en Cataluña ha quedado más que patente a finales de 2017 y finalmente ha trascendido la frontera geográfica de la comunidad autónoma catalana y ha sido conocido, reconocido y aceptado como cierto por la práctica totalidad del conjunto de los españoles: Cataluña no son sólo los nacionalistas ─realmente son los menos─ y el nacionalismo como ideología es la esencia del mal que ninguna sociedad democrática puede permitir.

El nacionalismo es a la vez totalitarismo y populismo, adoctrinamiento y propaganda, desprecio y supremacismo, odio y xenofobia, en definitiva, el todo y la nada. El todo porque es un cáncer metastásico que se ha extendido por todos los rincones de la cultura y sociedad catalanas. La nada porque eso es lo que aporta al bien común, a la justicia social, a la solidaridad, al progreso, al pensamiento, a la educación, al desarrollo económico y social, y a la igualdad y fraternidad entre personas y pueblos: nada.

El nacionalismo en España ─en cualquiera de sus versiones regionales─ es la principal causa de desigualdad entre las personas: si hay territorios con privilegios habrá siempre ciudadanos en desigualdad; y España y los españoles somos un conjunto de pueblos, lenguas y culturas, pero un solo conjunto, uno solo.

No se equivoquen, las elecciones autonómicas catalanas del 21D no han sido ningún triunfo de nadie: han mostrado más que nunca la profunda división que el odio y el supremacismo nacionalista han marcado ─a modo de una frontera profunda e irreconciliable─ entre gentes que supuestamente pertenecen a un mismo pueblo.

El verdadero triunfo de estas elecciones han sido los 54 días previos a ella porque, a lo largo de estos, muchos catalanes de a pie, sin ninguna filiación política, han mostrado su pleno rechazo al nacionalismo organizándose en “comités digitales” para pedir el voto para los partidos constitucionalistas y, lo más importante, en “brigadas de limpieza” de toda la imaginería e inmundicia separatista ─plásticos, lazos amarillos, banderas esteladas, etc.─ que ilegalmente ocupa el espacio público, que es de todos, y muchos espacios institucionales, que también son de todos los ciudadanos.

Personalmente tengo el honor de conocer a algunos de estos ciudadanos anónimos, los verdaderos héroes del 21D, y debo decir que algunos, incluso estando pluriempleados en dos trabajos, han sacrificado parte de las escasas horas que gozan de asueto y de vida familiar para salir a limpiar aquellos símbolos que otros nos han querido imponer a la fuerza y contranatura.

Pero esta conciencia social no ha muerto con el 21D porque estos héroes no se han detenido y continúan aún con esta importante tarea de limpieza que, libremente, se han autoasignado. Además, la aparición del concepto y del movimiento de Tabarnia, como espejo cóncavo de la miseria, el odio y la insolidaridad nacionalista, ha alimentado aún más esa conciencia colectiva, cívica y de resistencia al nacionalismo como jamás antes se había vivido en Cataluña. Y contra la cual no hay ni habrá marcha atrás.

Ese espíritu, esa conciencia cívica de la ciudadanía, entronca directamente con la mejor esencia de las revoluciones sociales cívicas y pacíficas que han aportado progreso e igualdad a las sociedades. Por ello, y en muestra de admiración y respeto a todos ellos, escribo este artículo, porque ahora empieza todo.

Bienaventurados los libres de nacionalismo porque de ellos será Tabarnia.

Pau Guix. 19 de enero de 2018

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