Una de las cosas que más me ha sorprendido de este verano ha sido el fichaje de Rodri, capitán de la selección española de fútbol, por el Barça. Rodri es un excelente jugador y parece también una buena persona. Rodri, un futbolista de primer nivel, ha optado por un proyecto deportivo, capitaneado por Hansi Flick, que encaja perfectamente con su manera de entender el futbol profesional. O al menos eso es lo que él cree, pues no ha fichado por un proyecto deportivo sino por algo más, una entidad que desde los años 60 ha estado en manos del catalanismo (el eufemismo que usan los separatistas para no decir nacionalismo) y que es una estructura d’Estat más en el plan maestro nacionalista. Rodri, como el resto de españoles, debería saber ya a estas alturas que nada es simplemente lo que es y lo que parece en una sociedad que vive bajo el yugo del nacionalismo, ya que siempre tiene una función ulterior, que es fer país, es decir, ser un elemento de construcción nacional. Y el fútbol, con las bajas pasiones que despierta y su amplia implantación en nuestra sociedad, es el campo abonado ideal para depositar las semillas de la construcción nacional.
Parece mentira que Rodri no haya estudiado el ambiente que rodea al club y la situación social existente en Cataluña antes de tomar su decisión. A pesar de llevar 7 temporadas en Inglaterra, es público y notorio que en Cataluña se ha dado un golpe de Estado desde el Gobierno y el Parlamento regionales, que el Barça es uno de los grandes altavoces del nacionalseparatismo y que su presidente, Laporta, es un separatista declarado y radical que además ha formado parte de (o creado) partidos y coaliciones nacionalistas radicales (cuyo objetivo ha sido siempre declarar la independencia de Cataluña) como Democràcia Catalana, Solidaritat Catalana per la Independència (SI) o Reagrupament. Como Laporta siempre ha sido un bon vivant (más bien un vividor), en el ínterin entre sus dos presidencias blaugranas, ha sido diputado autonómico y concejal en Barcelona representando por un buen sueldo a dichos partidos separatistas y sus ideas de odio. También es público y notorio que en el minuto 17 y 14 segundos de los partidos en el Camp Nou, una parte de radicales sacan sus esteladas y vociferan estulticias sobre la imaginaria independencia de Cataluña perdida en el 1714 (otro de los falsos inventos propagandísticos del nacionalismo) o que a los jugadores del Barça en las celebraciones de los títulos les dan banderas esteladas (no la regional catalana) y las exhiben sin pudor (y sin conocimiento alguno) como Robert Lewandowski en la última rúa del Barça por la liga 2025-26.
Pero el madrileño Rodri que, sin lugar a duda, es un españolazo, parece que, incomprensiblemente, no se ha enterado de nada de todo esto. Choca que alguien que durante la celebración mundialista en Cibeles vocifera “¡Viva la madre que nos parió! ¡Viva el Rey! ¡Viva España!” acabe en un club cuya directiva representa y defiende, sin ningún rubor, lo contrario. Si Rodri hubiera fichado por el Real Madrid, su presentación pública hubiera acabado con un “¡Hala Madrid!”; en cambio en todas las presentaciones culés se acaba con un “Visca el Barça i visca Catalunya”, toda una declaración de intenciones. Pero esta divisa culé no es casual como tampoco lo es que Laporta haya puesto siempre al Barça al servicio de la identidad nacional catalana, ese constructo que jamás ha existido. El 17 de enero de 1968, Narcís de Carreras, en su toma de posesión como presidente blaugrana, fue quien aseveró que “el Barça és més que un club”, terrorífico lema nacionalista (en la época tildado como catalanista) y que, a modo de tonto útil del nacionalismo, desde su militancia izquierdista, el gran escritor Manolo Vázquez Montalbán (lo cortés no quita lo valiente), recogió y amplió en el artículo “Barça! Barça! Barça!” en el número 386 de la revista Triunfo de octubre de 1969, consolidando intelectualmente la dimensión identitaria del club, dimensión que, desgraciadamente, ha pervivido hasta nuestros días.
El pasado 27 de agosto, en el partido del Fútbol Club Barcelona contra el Athletic de Bilbao, se esperaba un acto en que los ¡ocho! futbolistas mundialistas del Barça iban a ofrecer la Copa del Mundo a sus aficionados, como ya ha sucedido en otros campos de manera lúdica como en el Bernabeu pero no en el caso de San Mamés donde los nacionalistas vascos quisieron reventar el acto con sus pitos y abucheos. Laporta, ese presidente que trata al Barça como si fuera su feudo (nacionalista, evidentemente), decidió, usando como excusa una supuesta agresión de la Policía Nacional a un seguidor blaugrana (que portaba una estelada en la previa del partido contra el Elche de 23 de agosto), suspender el acto homenaje de la Copa del Mundo, aseverando que “no es el contexto ni el momento más apropiado” y sustituirlo por una exaltación de la estelada. Sí, como lo leen, la exaltación de un trapo sin valor alguno más allá que el de convertirse en retales para limpieza. Y allí volvió a conjugar sus esfuerzos unitarios la subvencionada hidra nacionalista: el Barça organiza y aparece el walking dead de la ANC junto con otras asociaciones de mal vivir para repartir 10.000 trapitos con estrella el día del partido. Para mayor INRI, Laporta, el reyezuelo de las palancas, añadió que “el fútbol debe servir para unir y no para generar enfrentamientos que no convienen a nadie” y que la estelada es “un símbolo democrático y legal que en ningún caso puede ser considerado incitador de odio o violencia” y que “la estelada […] representa la forma de pensar de muchos culés y catalanes [y que] está en el marco de la libertad de expresión”.
Lo de Laporta es de traca valenciana en el culmen de las fallas. Él, que ha sido siempre un nacionalista radical, uno de los que soñaban con la nació catalana, por el medio que fuera, aunque fuera violento y antidemocrático (golpe de Estado mediante), resulta que quiere venderse como santo y demócrata, tomando a los catalanes y al resto de los españoles por idiotas. Laporta siempre ha sido el primero en politizar el deporte y usarlo para dividir y fragmentar, para incentivar el enfrentamiento, ya que a él sí le conviene para sus propios intereses económicos.
La estelada no representa para nada la forma de pensar de muchos culés y catalanes, como interesadamente afirma el presidente culé, puesto que le sucede lo mismo que a la ideología nacionalista: está en manos de los dirigentes electos (del hiperfragmentado e ingobernable arco político catalán) y les representa solo a ellos y a cuatro gatos radicales, a pesar de la ingente inversión en propaganda en medios de comunicación y en el adoctrinamiento escolar por parte del Governet de la Generalidad durante cuatro largas décadas. Adoctrinamiento en la nación catalana que se puede ver en chavales de 19 años que han asistido a la escola catalana como el central Pau Cubarsí, flamante campeón del mundo, que afirmó al respecto de la anulación del acto homenaje “me parece bien por lo que pasó en Elche, es una cosa que no puede volver a pasar”. Pau, ¿qué tiene que ver el tocino con la velocidad? Se ha anulado por contrapropaganda nacionalista: en la principal estructura d’Estat deportiva, ergo el Barça, no se puede hacer proselitismo de España, solo de la nació. Pero afortunadamente, el sucedáneo nacionalista de exaltación del trapo estelado ha sido un fracaso; y no solo eso, catalanes de bien han acudido a repartir pulseras de España mientras la hidra asociativa nacionalista repartía sus esteladas.
Al amparo de la libertad de expresión se cometen todo tipo de tropelías, harto conocido es. Pero hay que matizar que exhibir un símbolo de odio, aun siendo libertad de expresión, algunos países lo consideran un delito, como por ejemplo la esvástica en Alemania. Las comparaciones son siempre odiosas, ¿no es cierto?
La estelada no es ningún símbolo democrático ni legal. No es legal porque oficialmente no existe y no representa a ninguna administración del Estado. Y no es democrático porque lo que sí representa es una ideología supremacista y excluyente basada en el odio hacia los demás. Y por si algunos no se acuerdan, permítanme resumirles el origen de dicho trapo estelado. Fue creado a principios de siglo XX por el marino nacionalista Vicenç Albert Ballester, tras una estancia en Cuba, inspirándose en las banderas de Cuba y Puerto Rico, pueblos que admiraba por la lucha contra España por su independencia. ¿Saben cómo firmaba Ballester? No con su nombre sino con un acrónimo, VICME, “Visca la Independència de Catalunya i Mori Espanya”, lo cual es muy pacífico y democrático, ciertamente.
Puede que Laporta empiece a presentar signos de afecciones por la edad, pensarán algunos. O puede que no y que toda esta pantomima laportiana responda a un cálculo reptiliano, vista la imparable pujanza de la muyahidín nacionalista de Ripoll, la inefable Orriols, y que Laporta haya decidido radicalizarse por enésima vez a fin de congraciarse con ella, por si acaso hay que vivir de ello (o de ella) en el futuro, que de eso se ha tratado siempre.
No sé si el Barça es realmente más que un club, por mucho que su directiva y cuatro socios radicales quieran que lo sea; lo que sí sé es que, si sigue intentando serlo, acabará desapareciendo mientras algunos gozarán de su jubilación en paradisíacas playas lejanas gracias a las palancas y riéndose del Barça y de Cataluña, en un retiro dorado lleno de puros, juergas y vicios varios, pues en realidad jamás les han importado un pimiento ni el Barça ni Cataluña sino únicamente como modus vivendi, como la ubre de la vaca de la que exprimir hasta la última gota. Al final la cultura popular, sabia ella, lo tuvo siempre claro: “Més que un club, un puticlub”. Y Rodri sin enterarse.
Pau Guix. Barcelona, a 28 de agosto de 2026
NOTA: elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo y de denuncia de los abusos secesionistas. Si pueden, sea 2, 5, 10, 20 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí).
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.















