El aparato propagandístico del FC Barcelona cuenta con un enorme poder social y mediático. En un escenario dominado por la polarización entre el Madrid y el Barça, el mensaje de la diversidad futbolística encuentra serias dificultades para consolidarse. Sin embargo, el compromiso del RCD Espanyol y su entorno permanece intacto.
Como bien sintetiza la letra de un clásico del rock radical español «aunque esté todo perdido, siempre queda molestar». No se trata de transformar de inmediato el mapa futbolístico, pero sí mantener viva la resistencia crítica e intentar cambiar poco a poco las cosas en un fútbol transformado en dos bancadas que se reparten el negocio.
Comencemos por negar el ‘antifranquismo’ del Barça, parte de los ‘valores’ que este club presume de haber defendido históricamente. La narrativa oficialista culé suele omitir episodios históricos clave del club azulgrana durante el régimen franquista. Entre ellos destacan los siguientes hechos documentados:
* El paso de su gerente, Joan Gich Bech de Careda, a la máxima responsabilidad del deporte español en la etapa final de la dictadura.
* La entrega de dos medallas de honor a Francisco Franco.
* La recalificación del campo de Les Corts por parte del Consejo de Ministros presidido por Franco, decisiva para resolver la crisis económica de un Barça en bancarrota.
Toda hegemonía resulta perjudicial para el deporte, la cultura y la sociedad. Romper el monopolio actual en Cataluña y en el resto de España es imprescindible para garantizar la igualdad de oportunidades, la pluralidad y el valor del fútbol como juego por encima del negocio.
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