El FC Barcelona vuelve a ser rehén del sectarismo político de su directiva. Joan Laporta ha decidido transformar el próximo partido en el Camp Nou este jueves contra el Bilbao en un mitin a favor de la estelada. La bandera independentista tomará el protagonismo institucional en las gradas con la bendición de la presidencia blaugrana.
La decisión no llega sola, sino acompañada de una sonada omisión. La junta directiva ha suspendido el homenaje programado para los ocho futbolistas del club campeones del mundo con la selección española. Una fea maniobra que desprecia el éxito de sus propios deportistas por puro cálculo ideológico.
El mandatario culé justifica la politización del feudo barcelonista apelando a la libertad de expresión. Asegura que la estelada representa el sentir pacifista de gran parte de la afición. Sin embargo, recurre a la propia Constitución Española para amparar un símbolo que busca romper el marco constitucional.
Para justificar esta movilización, la directiva ha utilizado como catalizador los altercados ocurridos recientemente en Elche. Laporta arremetió con dureza contra las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, tildando la intervención de la Policía Nacional de desproporcionada. Fueron unos radicales culés los que exhibieron un buen número de banderas esteladas en Elche y provocaron a la afición local.
El dirigente barcelonista ha exigido sanciones inmediatas y ejemplares contra los agentes implicados en los incidentes. Según su relato, las fuerzas de seguridad estigmatizan a los aficionados que portan símbolos independentistas en los desplazamientos del equipo. El sindicato policial SUP acusó a los aficionados culés de provocar a los agentes policiales.
Laporta ha excusado la cancelación del homenaje a los jugadores culés campeones el mundo argumentando que no se daba el contexto adecuado para la celebración. Resulta llamativo que el contexto sea desfavorable para homenajear a campeones mundiales, pero perfecto para un acto de exaltación separatista.
El Ejecutivo central y la izquierda complaciente observan en silencio cómo se utiliza de nuevo una institución deportiva de proyección mundial para fisurar la convivencia. El FC Barcelona pierde así una oportunidad de oro para actuar como punto de encuentro de todos sus aficionados.
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