El Fútbol Club Barcelona ha vuelto a dar una lección de hipocresía institucional que traspasa los límites de lo deportivo. Lo ocurrido este pasado fin de semana en Elche no es un hecho aislado, sino la confirmación de una pauta de conducta muy arraigada. La entidad blaugrana y parte de su entorno han construido un relato donde la norma general nunca parece aplicarles a ellos. Se consideran una excepción moral permanente en el fútbol español.
Resulta llamativo el rigor implacable con el que la directiva culé actúa dentro de sus propios dominios. En su estadio no hay espacio para la discrepancia ni para el rival deportivo. Expulsar a aficionados por vestir la camiseta del RCD Espanyol o retirar banderas del Atlético de Madrid se ha convertido en una práctica habitual bajo el pretexto del protocolo de seguridad. Ahí la contundencia es inmediata y no admite debate ni sensibilidad alguna.
Sin embargo, el criterio cambia de forma radical cuando los protagonistas son sus propios seguidores en desplazamientos o finales. Cuando las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado aplican la legalidad vigente y requisan símbolos de marcado carácter político, como las banderas esteladas, la maquinaria del club activa de inmediato el modo víctima. Lo que en su casa llaman convivencia y seguridad, fuera lo definen como un ataque intolerable a la libertad de expresión.
Esa doble vara de medir evidencia un sesgo ideológico que instrumentaliza el deporte según conviene a la junta directiva culé de turno. Se busca el choque con las instituciones públicas para alimentar un discurso de agravio comparativo que ya no sostiene nadie fuera de su parroquia. El separatismo futbolístico exige un salvoconducto constante que el resto de las aficiones de la Liga jamás se atreverían a reclamar para sus propias causas.
El Barça no es una entidad especial ni está por encima del ordenamiento legal o de las normativas de la competición. Respetar al aficionado rival que acude a tu estadio es el primer paso para poder exigir respeto fuera de él. Mientras el club siga amparando la provocación política y persiguiendo los colores del contrario, sus apelaciones a la libertad no serán más que puro cinismo propagandístico.
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