¿Soledad?

Detecto por ciertos textos y comentarios una sensación generalizada de frustración y, en cierto modo, soledad. Algo preocupante dado que, a pasear de visualizarse dicha desazón con mayor o menor ímpetu según el caso, lo que podemos asegurar es que tiene un alcance bastante generalizado.

No debe extrañarnos un ápice que, a tenor de la situación, las vivencias, el ridículo ajeno y los pormenores cotidianos, sea especialmente significativa la pesadumbre en muchos de los que, desde hace tiempo, hemos interiorizado como un reto personal prioritario el aguante y la resistencia frente al naZionalismo.

En cierto modo comprendo el bajón, al justificarlo de un modo directo en la confianza perdida o, por lo menos, afectada o desilusionada. Yo mismo he expresado que era uno de los que esperaba mucho más de nuestros aliados alemanes y, por extensión, de todo europeo europeísta.

La contundencia deseable, por fundamentos y razones, se ha visto condicionada por factores imbuidos de una perniciosa subjetividad muy vinculada con la consabida tergiversación, manipulación, victimismo y, quizás, conociendo el modus operandi de esta mala gente, la difusión a discreción del alboroque pertinente.

La tibieza en las posturas adoptadas a nivel doméstico, puesto que muchos coincidiréis conmigo en que se ha vendido interesadamente la aplicación de un artículo que muchos aún esperamos que empiece a aplicarse de verdad, como las que llegan de nuestros socios y amigotes del resto de Europa, despreocupados de la sostenibilidad y credibilidad del proyecto europeo, no son el paradigma a seguir para el reconforte de los que mantenemos el estandarte patrio.

No nos engañemos. Los españoles lo sabemos mejor que nadie y estamos más que entrenados en estas lides. Ya no nos sorprende que las tomas de decisión adolezcan de la deseable firmeza, seriedad, rigor… y gónadas. El callo está consolidado, siendo en cierto modo inmunes al cansancio ocasionado por posturas blandengues que no cesan de acumularnos insatisfacción.

Quizás, por entender lo incomprensible, los germanos no acaben de comprender el follón ocasionado por el fanatismo separatista y sus actitudes, dado que tienen blindada su Constitución frente a estas paranoias.

Incluso es posible que en toda Europa haya un poso de incomprensión, al existir en todos esos democráticos países un filtro definitivo que lo evita. Nosotros, en España, a pesar de que algunos nos tilden de no demócratas, somos tan “gilipollas” (perdonad pero es el adjetivo idóneo) que hemos legislado poniendo todos los parabienes posibles para que cualquier planteamiento (incluso rupturista) tenga cabida constitucional.

Llegando a insuflar oxígeno/competencias que nunca debieron descentralizarse a cambio de apoyos o investiduras, lo que evidencia una carencia absoluta de visión nacional en la política de Estado.

Puede ser el momento de ser más europeos, asumir el espíritu patriótico de sus legislaciones nacionales y, con ello, zanjar de raíz toda pretensión secesionista. Debería plantearse el ajuste de nuestro redactado de modo que sea posible, como pasa en la demócrata Europa, la ilegalización de partidos o conductas que pretendan o que actúen en contra de lo dictaminado en los artículos 1 y 2 de nuestra Carta Magna.

Pero veamos el vaso medio lleno. Nunca deberíamos olvidar nuestra fuerza y nuestro empuje como ciudadanos de esta gran nación. Al margen de lo que opinen, digan, fallen o sentencien en el resto del mundo, los españoles no estamos solos. Somos más de 40 millones de compatriotas que, de un modo u otro, con un énfasis mayor o menor, sentimos orgullo de pertenencia a España.

Visto lo visto la mejor apuesta es confiar en nosotros mismos y esperar que, tarde o temprano, se mueva el árbol y retomemos un esperanzador futuro unidos y sin complejos del pasado.

Javier Megino es vicepresidente de Espanya i Catalans y de Plataforma por Tabarnia

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