Un exvicepresidente del Gobierno de una democracia europea – Pablo Iglesias – debería tener como prioridad la defensa de los derechos fundamentales. Resulta alarmante que alguien que ocupó un asiento en el Consejo de Ministros ignore las atrocidades del castrismo. Su silencio ante la falta de libertades es una traición directa a los valores democráticos que España representa internacionalmente.
La imagen que proyecta Iglesias es, sencillamente, demoledora para la reputación de nuestro país. Se presenta en las tertulias madrileñas como el adalid de los oprimidos y el azote de las élites. Sin embargo, no tiene reparos en estrechar la mano de quienes mantienen bajo el yugo de la opresión a millones de ciudadanos cubanos.
Esta actitud pone de manifiesto una hipocresía sistemática que ha infectado a los socios de Pedro Sánchez durante años. El relato de la izquierda española ha buscado siempre blanquear la realidad de la isla. Utilizan palabras vacías como «soberanía» o «resistencia» para ocultar una represión policial constante y una miseria económica programada.
El exlíder de Podemos critica ferozmente los privilegios en suelo español, pero los abraza con entusiasmo en el extranjero. Mientras el ciudadano medio en Cuba carece de productos básicos, Iglesias disfruta de hoteles de lujo inaccesibles para la población local. No es una anécdota vacacional, es un insulto a quienes sufren la falta de democracia.
La realidad cubana es la de un Estado fallido que sobrevive gracias a la propaganda de sus aliados externos. Pablo Iglesias se ha convertido en uno de los interlocutores más útiles para el régimen de La Habana. Al convertir a los verdugos en socios legítimos, las víctimas reales de la dictadura quedan completamente invisibilizadas por su discurso.
Por fortuna para la estabilidad de las instituciones españolas, el proyecto político de Podemos ha entrado en una fase residual. Su influencia en la sociedad es mínima comparada con la que ostentaron hace una década. Su espacio natural ha quedado reducido a los márgenes del espectro político, lejos de la centralidad y el rigor.
Sin embargo, el peligro reside en la dependencia parlamentaria del Gobierno de Sánchez. El PSOE sigue otorgando un protagonismo artificial a estas figuras radicales a cambio de sus cuatro votos en el Congreso. Es este peaje político el que permite que personajes como Iglesias sigan teniendo altavoces en los medios de comunicación públicos.
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