Sentimientos y racionalidad

En 1932 Aldoux Huxley publicó El Mundo feliz, una distopía, cuya definición es: “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”.

Desde que lleva de presidente de la Generalidad de Cataluña Carles Puigdemont diera la impresión que desea seguir los pasos del escritor británico. Y está arrastrando a la sociedad catalana a tener una contrautopia, en donde todas la maravillas que iban a tener los catalanes por ser ciudadanos de la República, poco menos, que la construcción de otra utopía, en este caso la descrita por James Hilton en su obra Shangri-La, se le está convirtiendo en el sexto círculo de la Divina Comedia de Dante,

Nada de todo lo que predijo el insigne y honorable Puigdemont se ha cumplido.

El problema nace que el ser humano que es un “bípedo implume” no puede olvidar que en la historia de la humanidad numerosos pueblos y civilizaciones han nacido y ha muerto y muchas utopías que soñaban “grandes” hombres fueron nonatas.

Conviene no olvidar el refrán de quien ignora la historia está condenado a repetirla.

El 6 de “octubre” de 1934 la proclamación del Estado Catalán dentro de la República Federal Española por parte del presidente de la Generalidad de Cataluña, Lluís Companys. Todos los que conocen la historia saben como terminó aquello, está visto que Puigdemont no lo sabe y está condenado a repetir la historia.

Antonio Damasio, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica de 2005, señala sin dudas que “determinados aspectos del proceso de la emoción y del sentimiento son indispensables para la racionalidad. En el mejor de los casos, los sentimientos nos encaminan en la dirección adecuada y nos llevan al lugar apropiado en un espacio de la toma de decisiones donde podemos dar un buen uso a los instrumentos de la lógica. Nos enfrentamos a la incerteza cuando hemos de efectuar un juicio moral, decidir sobre el futuro de una relación personal… Los hallazgos sugieren que la reducción selectiva de la emoción es por lo menos tan perjudicial para la racionalidad como la sobreabundancia de la emoción”.

Puigdemont y sus adláteres no ha tenido tiempo de leer a Damasio y por ello no son capaces de discriminar que una sobreabundancia de emociones es perjudicial para la racionalidad y es que el ser humano además de ser un “bípedo implume” es una “animal racional”.

Si se observa bien, nuestro vocabulario esencial consiste en palabras abstractas que no tienen una concreción en la realidad, no son una pera, una manzana o una silla, son palabras como: nación, Estado, soberanía, democracia, representatividad, ley, orden, legitimidad, legalidad, libertad, igualdad, derecho, derechos de todos iguales ante la ley, felicidad, inteligencia… La diferencia de unos pueblos con otros es que unos saben de las abstracción de las palabras y otros las confunden con la realidad como que fueran cosas físicas, palpables. Es la diferencia entre el homo faber y el homo sapiens.

En un mundo hacia la globalización, que ha dejado atrás otros estadios históricos, querer retrotraer la historia es ir contra la evolución.

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