Hoy es quizás el aniversario más agridulce de la Unión Europea. Europa vive tiempos convulsos, en los que lejos parece quedar aquella época en el que la Unión parecía un destino inevitable para el conjunto de naciones del continente y una meta deseada por aquellos que no disfrutaban de ser parte de ella.
Un 9 de mayo como el de hoy del año 1950, tan solo cinco años después del final de la Segunda Guerra Mundial, en un continente sumido en el miedo y la incertidumbre, un hombre alzaba la voz en París. Era Robert Schuman, ministro de Asuntos Exteriores de la República Francesa leyendo lo que sería “la partida de nacimiento” de lo que hoy conocemos como Unión Europea.
La propuesta, redactada por Jean Monnet, otro de los padres de la Unión Europea, consistía en crear una institución europea de carácter supranacional, encargada de administrar de forma común la producción del carbón y del acero, de tal manera que los países que formasen para de ella renunciarían a la propiedad de la industria armamentística, que pasaría a su control. De este modo, se pretendía que la que antaño fuera una industria estrechamente vinculada a la guerra y devastación, fuese ahora un faro de esperanza que iluminase el camino a un futuro de paz.
Como decíamos lejos quedan esos días. Días repletos de retos, inseguridad y fragilidad, pero también de ilusión, generosidad y ansias de caminar juntos. La Europa de fondo azul y estrellas doradas, que con tanta claridad dijo no al nacionalismo, que se unió para de forma conjunta expandir unos valores y principios basados en la libertad, la igualdad, la democracia y Estado de Derecho, parece sucumbir hoy al nacionalismo y populismo más tribal, excluyente y supremacista. Los viejos discursos esencialistas, obcecados en poner en relieve todo aquello que nos diferencia y divide en detraimiento de cuanto compartimos y nos une, se abren paso en todos los rincones de la Unión.
Los ciudadanos por el temor a diferentes fenómenos que sienten como amenazas, se ven sumidos en un malestar difuso que va en aumento. El miedo a una disrupción tecnológica que deje millones de parados en las economías globales, a una la globalización que si bien es beneficiosa para todos los países en conjunto, deja a su paso vencedores y vencidos dentro de cada uno de ellos, y la amenaza de migraciones masivas fruto de la desesperación de millones de personas empujadas por el deseo de huir de la guerra y el hambre, lleva a millones de conciudadanos a dejarse embaucar por los cantos de sirenas de quienes de forma populista ofrecen recetes sencillas con las que paliar ese miedo.
En este contexto, el proyecto europeo se tambalea. No es la primera vez que los ciudadanos dan un toque de atención y deciden frenar la construcción europea – ahí está el rechazo a “la Constitución europea” en el 2005-, pero sí que es la primera vez que un país que ha disfrutado de lo supone ser miembro de la Unión, que ha participado en la expansión de la misma y que ha defendido sus valores y beneficios decide abandonar el proyecto.
Frente a este gris escenario, Europa tiene que reafirmarse en su propia existencia. Necesita un mandato claro que despeje las dudas sobre el compromiso de sus ciudadanos con la Unión. Durante demasiado tiempo Europa ha jugado a la defensiva, gastando energía, tiempo y recursos únicamente en defenderse de quienes desde dentro pretenden destruirla. Europa ha perdido demasiado tiempo en luchas internas tratando de justificar su propia existencia, dejando de afrontar los retos globales que tiene por delante.
Necesitamos cerrar cuantos antes la herida del Brexit y ponernos manos a la obra para dar soluciones a los retos a los que se enfrentan todos los países de la Unión, y para los que sin duda se precisa una solución conjunta. ¿O acaso alguien cree que la lucha contra el cambio climático, contra las nuevas formas de terrorismo o contra las olas de refugiados e inmigrantes, se van a ganar desde los Estados? Por supuesto que no. En la medida en la que los retos a los que nos enfrentamos son transnacionales, las respuestas a ello solo pueden partir de la Unión Europea. Es precisamente por ello, por lo que Europa necesita tu ayuda, necesita que vayas a votar.
Sin duda, los Salvini, Le Pen y Orbán del mundo cuentan con que no vayas. Cuentan con que como tantas otras veces, en un país donde parece que siempre resulta más fácil hacer una campaña contra algo que a favor de algo, pese más el pesimismo, el hastío y la desilusión conseguida a golpe de fakenews y faketweet. Cuentan con que la celebración de elecciones generales hace apenas unas semanas pesen en el electorado y no votes en las próximas elecciones del 26 de mayo. Pero no ir a votar, es un precio que no nos podemos permitir, especialmente nosotros, lo más jóvenes. No podemos permitírnoslo pues el futuro, como siempre en la historia nos pertenece a los jóvenes, porque somos nosotros los que tendremos que vivir con las consecuencias de las decisiones que se toman hoy.
Como se pudo ver en los resultados del Brexit, las generaciones más jóvenes si creen en la UE. Formamos parte de esa generación que nació en una España democrática y europea, que vivimos con naturalidad el poder recorrer Europa sin necesidad de visados, que disfrutamos de poder visitar cualquier capital europea sin necesidad de cambiar moneda y pudiendo recientemente disfrutar de tarifas móviles e internet del mismo modo que lo hacemos en nuestro país. Para nosotros, la identidad europea no excluye la identidad nacional, sino que la complementa. Pero precisamente por todo ello, por estar convencidos de la necesidad de seguir adelante con el proyecto europeo, tenemos la obligación de defenderla en las urnas.
Por ello, te pido que no te quedes en casa, que vayas a votar. Europa te necesita.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.



















