¡Qué fastidio! ¡Menuda faena! Rufián tendrá que hablar en catalán en el Congreso. Toda la estrategia de ERC tirada a la papelera. El fichaje de Rufián para la política solo encajaba en la idea de que los castellanoparlantes votaran al partido nacionalista de Junqueras y siete apellidos fetén. ¿Se acuerdan de aquello llamado Súmate? Yo, tampoco. Pero no se olvida.
Rufián ya no tiene sentido en Madrid. Tampoco lo ha tenido en Santa Coloma de Gramanet. Un solo pleno en la Cámara Baja ha servido para demostrar la farsa. Rufián arranca en catalán y la respuesta a Feijóo ya es en español. Y 48 horas después, Jordà sale y demuestra que lo de ERC con las lenguas es puro postureo impositivo. ¡Pinganillos!
¡A Rufián se la han dado con queso! Lleva una década probando vino bueno y ahora compra el agrio. Solo iba para 18 meses. Dos partos. El del 1-O y el de Sánchez. El primero, ni para el recuerdo. El segundo, una pesadilla. ¡Cómo estará el Congreso que a Rufián lo consideran buen orador! Ni Jacques-Louis David podría retratar esta realidad.
El mundo corre y vuela a golpe de tuits, zascas y perreos. Y el diccionario lo reconoce. La academia está al borde del precipicio. Y Rufián no es más que uno de sus apóstoles. Impresoras y esposas. Camisetas y risadas. Pausas mal elaboradas que dejaron Zapatero e Ibarretxe, con sus comas habladas y sus femeninos de vascos y vascas.
Rufián es la prueba evidente de que la inmersión lingüística en Cataluña no es más que una farsa. Ni sirve para aprender catalán, ni para expresarse mejor en español. Como todo en el campo de las lenguas, on no n’hi ha, no en raja. Pero no importa porque lo de las lenguas en la región no va de lingüística sino de soberanía.
Eso, la soberanía, y su representación es lo que se ha perdido en el Congreso. Teniendo una lengua común. En Francia no nos pasa eso. Ni en Italia. Y menos en Portugal. Lo que necesita Cataluña es la autonomía de Córcega, que será cultural pero no política. El nacionalismo ya ha puesto su huevo en París pero la izquierda lo frenará. Lejos nos queda Rufián.
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