La red ferroviaria catalana sigue siendo el gran talón de Aquiles de una gestión pública que parece haber arrojado la toalla. Casi dos semanas después del trágico accidente en Gelida, donde el desprendimiento de un muro segó la vida de un joven maquinista, la normalidad sigue siendo un concepto abstracto para los usuarios. El compromiso del Govern de restablecer el servicio este lunes ha quedado en papel mojado, demostrando una vez más que la realidad de las infraestructuras no entiende de calendarios electorales ni de retórica política.
A última hora de este domingo, Rodalies confirmaba lo que muchos temían: el autobús seguirá siendo el transporte principal en diez tramos críticos. Esta situación afecta a la columna vertebral de la movilidad en Cataluña, dejando a miles de ciudadanos a merced de transbordos interminables. La falta de inversión acumulada durante años ha convertido un servicio básico en una carrera de obstáculos diaria para el trabajador y el estudiante.
El panorama para este lunes no solo es de cortes, sino de una lentitud desesperante. Los maquinistas tienen la orden de reducir la velocidad en casi 180 puntos de la red por motivos de seguridad. Es alarmante que, tras una semana de supuestas reparaciones intensivas, el número de tramos con limitaciones de velocidad haya aumentado en una veintena respecto a la semana anterior. Esto evidencia que, cuanto más se inspecciona la red, más deficiencias afloran bajo las alfombras de la administración.
Los puntos negros se multiplican en la geografía catalana, con especial incidencia en el litoral y el área metropolitana. Localidades como Cunit, Vilanova i la Geltrú, Castelldefels o Cerdanyola del Vallès sufrirán retrasos sistemáticos. El mapa de la afectación es un calco del abandono: la R1, la R4, la R8 y las líneas regionales R14 y R15 mantienen cortes significativos que obligan a realizar rutas alternativas por carretera: la R1 estará cortada entre Blanes y Maçanet, la R4 entre Sant Sadurní y Martorell, la R8 entre Martorell y Mollet Sant Fost, la R14 entre Reus y Vinaixa, la RL4 entre Cervera y Manresa y la R15 entre Reus y Ribaroja.
La «recuperación» del tramo de la R11 entre Figueres y Portbou es un consuelo pírrico ante la magnitud del desastre. Mientras el Govern intenta vender pequeños avances, el grueso de la red sigue paralizado por obras eternas o por la degradación estructural. Líneas como la R3 o la R7 continúan en el dique seco, sumando el caos reciente a una planificación de obras que ya era deficiente antes del accidente de Gelida.
Resulta llamativo el contraste entre la rapidez con la que el Ejecutivo catalán exige competencias y la parsimonia con la que gestiona las crisis reales. La muerte del maquinista en prácticas debería haber marcado un antes y un después en la prioridad política de las infraestructuras. Sin embargo, trece días después, la única respuesta tangible para el ciudadano es un autobús de sustitución y una disculpa protocolaria que ya no convence a nadie.
El colapso de Rodalies no es un incidente aislado, sino el síntoma de una red obsoleta que lleva años operando al límite de sus capacidades. La falta de mantenimiento preventivo y la saturación de las vías han creado una tormenta perfecta que ha estallado de la peor manera posible. Ahora, los parches de última hora se muestran insuficientes para tapar las grietas de un sistema que requiere una inversión masiva y una gestión profesional alejada del ruido ideológico.
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