Pedro Sánchez ha perfeccionado una estrategia tan vieja como la política: mirar al horizonte lejano cuando el suelo bajo sus pies empieza a agrietarse. Cuando las noticias sobre las investigaciones judiciales que afectan a su familia, a su partido y a su propio Gobierno ganan tracción, Moncloa activa el «botón internacional». La política exterior ha dejado de ser una cuestión de Estado para convertirse en una herramienta de marketing al servicio de la defensa personal del líder socialista.
Ucrania fue el primer escenario utilizado para construir esa imagen de estadista global que tanto ansía Sánchez. Mientras en España se sucedían las revelaciones sobre tramas de corrupción y contratos bajo sospecha, el presidente buscaba la foto en Kiev. No se trata de cuestionar el apoyo a la soberanía ucraniana, sino de señalar el uso partidista del conflicto para silenciar el debate sobre la regeneración ética en nuestro país.
Después, el foco se desplazó hacia Gaza. Con una agresividad verbal inédita en la diplomacia española, Sánchez buscó el enfrentamiento directo con aliados tradicionales para dominar la conversación nacional. El objetivo era claro: que los españoles habláramos de Oriente Medio y no de las comparecencias judiciales de su entorno más cercano. Es la técnica del ruido ensordecedor para tapar el silencio de las explicaciones que nunca llegan.
Ahora, el nuevo «comodín» mediático son los disturbios en Minneapolis. La crisis migratoria y los enfrentamientos entre agentes federales e inmigrantes y activistas del Partido Demócrata en Estados Unidos han sido adoptados con entusiasmo por el aparato de propaganda gubernamental. Resulta sorprendente el interés de la Moncloa por la política interior estadounidense justo cuando los informes de la UCO y las citaciones judiciales aprietan el cerco sobre el Palacio de la Moncloa.
En esta estrategia, Sánchez cuenta con el apoyo inestimable de los medios de comunicación que orbitan en su esfera de influencia. Estas terminales mediáticas actúan como cajas de resonancia, amplificando los conflictos exteriores y minimizando las noticias negativas de carácter interno. Se construye así una realidad paralela donde el presidente es un referente moral en el mundo, mientras en España se degrada la independencia institucional.
La utilización de tragedias humanas y conflictos complejos para el consumo interno es una falta de respeto a la propia política exterior. España merece una diplomacia seria que defienda nuestros intereses, no una que se mueva al dictado del calendario judicial de la familia del presidente. La gravedad de los casos de presunta corrupción que rodean al Ejecutivo no puede ser diluida por muy lejos que Sánchez decida viajar.
La sobreactuación del Gobierno de Sánchez en el escenario global es inversamente proporcional a la humildad en la rendición de cuentas ante el Parlamento y los ciudadanos españoles. La política de Estado ha sido secuestrada por la política de protección personal.
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