En el complejo ecosistema del sanchismo, parece que siempre hay sitio para uno más, especialmente si viene con el carné de la «vieja guardia» renovado por la vía del elogio. Jesús Caldera, aquel ministro de Trabajo que desapareció de la primera línea tras el colapso de la era Zapatero, ha decidido que el ostracismo en Ávila – dónde ejerce de secretario municipal – no es para él. En los últimos meses, hemos asistido a un intento casi desesperado del veterano político por recuperar un protagonismo que las urnas y el tiempo le arrebataron hace una década.
La estrategia de Caldera no brilla precisamente por su originalidad, sino por su entrega absoluta a la causa del líder. Ha pasado de la discreción del funcionario a la sobreexposición del militante que busca desesperadamente la mirada aprobatoria de Ferraz. Participar en actos de apoyo a Sánchez no es solo un gesto de lealtad; en el caso de Caldera, se percibe como una hoja de servicios que busca una recompensa en forma de cargo o, al menos, de relevancia mediática.
Ayer mismo publicó un artículo en ‘El País’ sobre la regularización de 500.000 inmigrantes ilegales que incluía este elogio hacia el ‘amado líder’: «Quienes afirman que el Gobierno de Pedro Sánchez está agotado quedarán defraudados. Véase aquí, con medidas como esta, que unidas a muchas otras referentes al empleo, la protección social o la defensa de la vida frente al genocidio cometido contra el pueblo palestino, en particular los miles y miles de niños asesinados en la edad de la inocencia, si merece la pena votar a la izquierda y conseguir más y mejores derechos para todos».
En junio fue aún más claro en otro artículo en el mismo diario, con un título aún más elocuente: «En defensa del PSOE y Pedro Sánchez» en el que decía del secretario general socialista que «del trato que he mantenido con él, en el plano personal, en el pasado, concluyo que es una persona honesta, rigurosa en su trabajo y con una sólida preparación. De una ambición limpia, acreditada en el modo en que obtuvo primero el apoyo de los militantes socialistas y luego el de la mayoría del Parlamento». Y añadió que «todo responsable público debe aspirar a unir, y no a desunir. A tender puentes, y no a separar orillas«, que es lo que ha hecho Sánchez, según su opinión. No hace falta comentar los «puentes» que Sánchez ha «tendido» con más de la mitad de los españoles a los que llama, despectivamente, «fachosfera». Caldera no hace más que hacer de pelota para dejar de ser un gris funcionario en una capital de provincia.
Resulta curioso observar cómo un político que gestionó una de las etapas más controvertidas de nuestra economía se permite ahora dar lecciones de ética y gestión. A través de sus recientes tribunas en el diario El País, Caldera se ha convertido en una suerte de escudero intelectual de Sánchez. Sus artículos no son análisis críticos ni aportaciones de calado, sino odas a la resiliencia del presidente que parecen redactadas en los propios despachos de la Moncloa.
Esta táctica de «hacer la pelota» —por usar un término que el ciudadano de a pie entiende perfectamente— revela la falta de renovación real en ciertos sectores de la izquierda. En lugar de aportar nuevas ideas, el PSOE recurre a figuras del pasado que están dispuestas a todo con tal de salir del olvido. Caldera ha entendido que, para volver al círculo de confianza, no hace falta rigor, sino una lealtad inquebrantable que ignore cualquier escándalo que salpique al Ejecutivo.
Es legítimo que un político quiera volver a la palestra, pero lo que resulta cuestionable es el peaje que se paga por ello. Caldera parece haber decidido que su regreso pasa por convertirse en el altavoz de las consignas oficiales más agresivas contra la oposición. Su metamorfosis de ministro conciliador a agitador del sanchismo es el reflejo de un partido que ya no tolera la disidencia interna y que solo premia la obediencia ciega.
No sabemos si esta intensa campaña de relaciones públicas dará sus frutos en el próximo consejo de administración público o en algún organismo internacional. Lo que sí es evidente es que el prestigio personal se desgasta rápido cuando se pone al servicio de la propaganda. La política de Estado requiere altura de miras, no este baile de halagos que busca más el beneficio propio que el interés general de los españoles.
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