En La invención del agravio (un excelente título, por cierto), Félix Ovejero prescinde de casi todo aparato crítico. Y eso, unido al estilo transparente, pone de relieve desde el primer momento que no es un ensayo escrito para la galería académica, sino para la ciudadanía. Su diagnóstico es nítido: el nacionalismo es el gran problema de nuestra democracia y conduce en línea recta al desguace del Estado español. Si pretendemos ser una nación de libres e iguales (o incluso una nación a secas), no queda otra que desmontar todas las mentiras y errores que han hecho posible tan espiral suicida.
El autor proclama alto, claro y fuerte que no hay ningún conflicto territorial. En psicología sistémica se afirma que “el problema es la solución” cuando el remedio que se intenta es justo lo que alimenta el conflicto. Pongamos un ejemplo clásico de la India colonial: las autoridades británicas, preocupadas por las cobras venenosas, decidieron pagar por cada ejemplar muerto. Eso provocó que, para cobrar la recompensa, muchas personas se dedicaran a criarlas, lo cual agravó significativamente la situación. Con el nacionalismo se da la misma estructura de incentivos perversos, pero de manera empeorada: en nuestro país nunca hubo un problema de origen y, en vez de rectificar —como hizo el gobierno británico a la vista de los resultados—, el engorde de sierpes es cada vez mayor.
Lo que existe en verdad es un ‘problema nacionalista’, es decir, con el nacionalismo, el hontanar de mentiras, falacias y engaños más feraz que opera en nuestro país. El infundio matriz es la tesis de que España no es sino un artificio construido contra las genuinas naciones (todas ellas colonizadas y sometidas por Castilla); de aquí emanan varias directrices funestas: no hay mejor manera de profundizar en democracia que ceder a los nacionalismos, cualquier centralización es reaccionaria (o, mejor dicho, franquista), los nacionalistas son los encargados de homologar la calidad política, blablablá.
Lo cierto es que el verdadero hecho diferencial de Cataluña y el País Vasco es el privilegio: antes, con y después de Franco. De hecho, constituye un rasgo singular de España que sean las regiones más ricas las que se presenten como oprimidas; una victimización que, además, hacen compatible con una desacomplejada vocación imperial (Països Catalans, Euskal Herria).
Entre los mitos nacionalistas destacan los relativos a la lengua, clave de bóveda de la brumosa ‘identidad cultural’, que justifica toda prebenda, acoso y exclusión. Sin embargo, nuestro país se caracteriza precisamente por la unidad lingüística: el castellano pasó a ser lengua de todos de una manera gradual y sin imposiciones. Tampoco es cierto que existiera una persecución sistemática de las otras lenguas durante el franquismo; a menudo, ocurrió lo contrario. El libro abunda en datos que lo atestiguan.
Si el problema es el nacionalismo y no el inexistente conflicto territorial, la manera de afrontarlo ha de ser la misma que con otras patologías políticas (como el racismo, el machismo, la corrupción, etc.). Félix Ovejero, intelligence oblige, no es optimista, pero plantea que una hipotética voluntad de solución habría de operar en estos tres ámbitos:
• En las razones: cuestionar el relato nacionalista, desarmar sus mentiras sistémicas.
• En las emociones: fortalecer los vínculos de ciudadanía; en rigor, desenvenenarlos, pues esos lazos surgen de manera espontánea cuando el poder no interfiere.
• En los intereses: modificar las numerosas estructuras que incentivan lo tribal.
En otras palabras, justo lo contrario de lo que han hecho nuestros políticos, que siguen la estela políticamente insalubre del contentamiento, del laissez faire y de la interminable concesión. Por desgracia, ningún Gobierno ha ensayado una línea distinta a esta (en todo caso, presentan diferentes grados de virulencia). La secuencia queda descrita con precisión: los nacionalistas fabrican el relato; la izquierda le concede el sello de calidad progresista y la derecha lo acepta.
El capítulo 5 analiza el extravío de la izquierda sobre este tema, y el siguiente lo dedica a analizar la relación del nacionalismo con las tres grandes tradiciones ideológicas (el conservadurismo, el liberalismo y el socialismo). En mi opinión, hay aspectos muy controvertidos, pero, como no afectan a las tesis centrales del libro, reservo la crítica para otra ocasión.
Los dos últimos capítulos analizan el proceso de construcción del Estado español y su actual acoso por derribo, así como el papel que, en ambos fenómenos, desempeña la Constitución de 1978. El autor recurre a la distinción de Umberto Eco entre apocalípticos e integrados para nombrar las dos visiones imperantes sobre la Constitución española. Según Félix Ovejero, las dos están equivocadas, aunque no en la misma medida: no hay ninguna verdad en la tesis de que la Carta Magna supone una prolongación natural del franquismo y es parcialmente falsa la creencia de que se trata de una obra maestra de ingeniería política, pues la situación de anomalía que padecemos tiene su origen en el defectuoso diseño institucional.
Para mí, constituye un gran acierto esta insistencia en que el destrozo actual no proviene (solo) de los actores políticos, sino, principalmente, de las reglas de juego. De esta manera, el autor se aleja de la perspectiva puerilmente edificante (¡necesitamos políticos honrados!) que esteriliza nuestro debate público. En efecto, existe una invasión moralista —en su peor sentido farisaico y sentimental— que recae sobre los ámbitos jurídico y político (Pablo de Lora lo ha analizado con gracejo y perspicacia en su obra Los derechos en broma). Funciona como estratagema para erradicar la pluralidad de valores: todo queda reducido a una lucha del Bien contra el Mal (que casi siempre es contra el “fascismo”, el más vacío de los significantes vacíos).
En el apéndice, Félix Ovejero salda cuentas con los historiadores y sus métodos (tan cómplices en el triunfo de la mentira nacionalista), enumera las virtudes epistémicas (única base para el compromiso del creador, por citar otra obra suya) y llega a tasar la cobardía de la tribu universitaria como más alta que la que se dio con el macartismo.
En resumen, estamos ante una obra lúcida, inspirada por el mejor ethos republicano y que debería servir de punto de inflexión para erradicar tantas perversiones políticas que han hallado su asiento en nuestra vida pública. Como, a la vista de los hechos y deshechos, no parece prudente esperar ninguna ‘cura democrática’ de la clase política, y menos aún de la casta universitaria, toca ponerse cívicamente en marcha. Es justo lo que hace, desde hace casi cuatro décadas, la admirable Asociación por la Tolerancia, que organizó la presentación del libro en Barcelona y que promueve nada menos que el triunfo de la razón pública: una labor tan inmensa como valiente y necesaria.
Carlos Rodríguez Estacio
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