El Catalán
Lazo negro
  • El Catalán
  • Política
  • Sociedad
  • TV3
  • Medios
  • Opinión
  • Deportes
  • Cultura
  • Vida
  • Hablemos de futuro
  • Donar
  • Suscríbete
No hay resultados
Ver todos los resultados
  • El Catalán
  • Política
  • Sociedad
  • TV3
  • Medios
  • Opinión
  • Deportes
  • Cultura
  • Vida
  • Hablemos de futuro
  • Donar
  • Suscríbete
No hay resultados
Ver todos los resultados
DONAR
El Catalán
No hay resultados
Ver todos los resultados
El Catalán Opinión

Los viajes de Marta

"Los catalanes de hoy tenemos mucho más en común con los extremeños de hoy, que con los catalanes de los tiempos de Wifredo el Velloso".

Por Ángel Mazo da Pena
sábado, 31 de enero de 2026
en Opinión
5 mins read
Imagen: https://depositphotos.com/

Imagen: https://depositphotos.com/

 

Contenido relacionado

“Renovatio” versus “reiteratio”

Fernando Savater: «Cuando escucho a Ayuso o a Cayetana pienso que no todo está perdido»

Hecho, opiniones y conclusión

Marta (“la Marta”, como decían todos en Castelldefels) era independentista. Acababa de jubilarse tras una carrera de medicina que muchos juzgaban brillante, sobre todo porque el hecho de ser mujer le había supuesto alguna dificultad laboral cuando empezó; menos mal que, acostumbrada desde pequeña al deporte, el esfuerzo le era familiar y podía con todo. Y ahora que tenía dinero y tiempo, pensó que era el momento, ¡por fin!, de aceptar la reiterada invitación de visitar a su amiga Ingrid, en Drammen (localidad noruega, del tamaño de Castelldefels, al suroeste de Oslo). Sentían simpatía mutua, a pesar de entenderse en un inglés muy pobretón, desde que se conocieron allá por los años setenta y habían coincidido a menudo en congresos y otros eventos. Sí, muchos viajes, pero el inglés seguía siendo para Marta casi insuperable. Le gustaba saber que Ingrid se autodefinía como conservadora, y le encantaba que fuese católica como ella, a pesar de que allí casi todos son luteranos. Las dos tenían muy buen corazón y lo notaban.

Se despidió de su marido en El Prat muy temprano el 1 de septiembre, una vez en Oslo fue recogida por Ingrid y llegaron a Drammen enseguida. La casa de Ingrid, curiosamente, se parecía mucho a la de Marta, ambas con muchos libros de historia del arte, y allí fue feliz con ella durante más de una semana. Los mejores ratos fueron los de después de cenar; gozaban viendo que, mal que bien, podían entenderse algo; sonreían constantemente y disfrutaban con música de sus años jóvenes, con los Beatles, Simon & Garfunkel, incluso con canciones anteriores de Françoise Hardy, que les transportaban a sus emociones más adolescentes; iban descubriendo que se sabían las letras de todas ellas y, cuanto más las cantaban juntas, más complicidad sentían. Ni hablaba noruego Marta, ni español ni catalán Ingrid, pero parecían hermanas reencontrándose después de largo tiempo. El entendimiento era total, excepto que Ingrid jamás comprendió por qué Marta decía que era catalana pero no española, como tampoco la serie de explicaciones que daba para justificarlo y que no lograban más que encogimientos de hombros como respuesta.

La despedida fue muy triste. Ingrid le decía a Marta que ahora ya sabía dónde vivía y que podía volver cuando quisiera… esas cosas que se dicen pero que uno siente que no va a cumplir; no sería por falta de ganas, pero es demasiada distancia y se veían muy mayores.

Volvió pletórica de aquel viaje. Ya se anunciaba la celebración de una nueva “Diada Nacional de Catalunya” y los medios calentaban el ambiente como acostumbran. El día 11, Marta cogió, como cada año, una estelada nueva; la del balcón no porque estaba descolorida y la dejaba para que desde la calle pudiera apreciarse su antigüedad en la lucha reivindicativa (¡y festiva!, como nunca se olvidan de añadir los medios). Se la puso a modo de capa y llegó exultante al lugar de concentración previsto por los organizadores. En realidad, mucho antes de que empezase nada porque su sentido de la disciplina y de la puntualidad eran tan poderosos como su entusiasmo, y siempre saltaba de la cama en jornadas así de estimulantes.

Esperando, esperando, allí conoció a Manel (no Manuel, como le llamaban en casa, sino Manel). Era un joven, hijo de padres albaceteños, que vivía en el barrio de La Verneda (Barcelona), hablaba catalán con tanto desparpajo como errores y un acento que le delataba ya a distancia porque hablaba muy fuerte; esto disgustaba a la comedida Marta, pero se empezaba a acumular mucha gente y le pareció perdonable. Vestía una camiseta del Barça y dijo estar en el paro, mascullando algo de las culpas del Estado; un Estado que, según él, estaba localizado en Madrit (Sant Miquel del Fai era lo más lejano que le habían llevado a ver). También iba equipado con su estelada. Mientras hablaba con Marta, seguía escuchando música por unos auriculares y debía ser muy estridente a juzgar por los gestos que hacía de vez en cuando, mientras miraba impaciente la masa que se iba reuniendo. No hablaron de nada serio, claro, pero al joven le faltó tiempo para declararse sin venir a cuento de izquierdas y ateo, lo tenía muy claro.

A Marta todo aquello le hacía sentir extraña y empezó a mirar alrededor buscando algún conocido sin encontrarlo, o por cambiar de aire un poco, pero su inspirador “todo por la causa” le dijo al oído que aquello era diversidad, transversalidad, y que si “som un sol poble” y “els carrers seran sempre nostres” debía esforzarse por integrarse en la multitud como fuera, y estar tan contenta… Sólo un rato más tarde, Manel seguía a su lado y el gentío comenzó a gritar las consignas que se dictaban sobre la lengua y la identidad catalanas, tan maltratadas por España durante siglos. El hilo conductor era: tenemos una lengua (sólo una), eso nos da una identidad (que es única), así es que somos una nación (una, pero grande con los demás “países catalanes” más la “franja de poniente”, y queremos también que sea libre para ser un Estado. Me sigue usted con esto de una, grande y libre, ¿verdad?). La mente de Marta tenía asumido todo eso, pero sus ojos miraban ahora a Manel y de repente sintió que no tenía nada en común con él excepto la lengua, no como con Ingrid, de la que sólo le separaba la lengua precisamente. Era todo lo contrario. Como Saulo cayendo del caballo, comprendió que lo de la identidad única es una falacia que emplean los que nos manipulan con ella, con sólo una, ocultando que cada individuo está formado por identidades múltiples, montones de ellas que coinciden o no con otros individuos, y que terminan en conjunto por formar una personalidad que ésa sí que es única. Si le bombardean a uno mucho con lo de que es blanco, tal vez quieran enfrentarle con los negros; si exageran con lo de que es mujer, tal vez quieran enfrentarle con los hombres, etc.

Manel seguía desgañitándose. A Marta empezaron a fallarle las fuerzas porque le fallaba la convicción; se fue orillando en la masa, se salió, dobló su estelada y, sin que nadie lo viera, la introdujo en una papelera del Paseo de Gracia. Volvió a Castelldefels. Su marido, que nunca iba a la manifestación, se sorprendió al verla llegar tan pronto. Marta contó su caída del caballo con ganas de llorar (aún estaba ahí su emoción de siempre) pero feliz en el fondo (su razón había empezado a funcionar). El marido, con un “seny” como el de pocos, le dijo que en su descubrimiento de la verdad de las identidades múltiples era tan importante la cuestión geográfica (Castelldefels-Drammen) como la histórica (s.XXI-s.IX), porque los catalanes de hoy tenemos mucho más en común con los extremeños de hoy, que con los catalanes de los tiempos de Wifredo el Velloso. Añadió que hay casi siete mil lenguas en el planeta, pero menos de doscientos Estados, y que no llega al diez por ciento la población mundial que vive en Estados lingüísticamente homogéneos. Bien se ve que no era un patán.

Si el viaje a Noruega fue importante en la vida de Marta, el viaje de esta tarde era más decisivo. Aún estaba la estelada del balcón, pero desapareció antes de la cena.


TV3, el tamborilero del Bruc del procés

Sergio Fidalgo relata en el libro 'TV3, el tamborilero del Bruc del procés' como a los sones del 'tambor' de la tele de la Generalitat muchos catalanes hacen piña alrededor de los líderes separatistas y compran todo su argumentario. Jordi Cañas, Regina Farré, Joan Ferran, Teresa Freixes, Joan López Alegre, Ferran Monegal, Julia Moreno, David Pérez, Xavier Rius y Daniel Sirera dan su visión sobre un medio que debería ser un servicio público, pero que se ha convertido en una herramienta de propaganda que ignora a más de la mitad de Cataluña. En este enlace de Amazon pueden comprar el libro.

necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.

DONA

Recibe las noticias de elCatalán.es en tu correo

Etiquetas: Ángel Mazo da Penanacionalismo
Publicación anterior

Oportunismo político y ‘efecto llamada’

Siguiente publicación

Sirat, mucho ruido y pocas nueces

Contenido relacionado

Opinión

El bingo más divertido de España

domingo, 1 de febrero de 2026
Pedro Sánchez. Foto: Pool Moncloa
Opinión

Oportunismo político y ‘efecto llamada’

viernes, 30 de enero de 2026
Estación de Sants. Foto: Sergio Fidalgo
Opinión

Rodalies: el fin del mito de la gestión socialista

jueves, 29 de enero de 2026
Siguiente publicación

Sirat, mucho ruido y pocas nueces

Foto: Freepik.com

VOX exige la convocatoria urgente de una Junta Local de Seguridad ante el aumento de delitos en Esplugues

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Sobre nosotros

  • Quiénes somos y seguridad
  • Contacto
  • Publicidad

Secciones

  • Política
  • Medios
  • Sociedad
  • Deportes
  • Cultura
  • Economía
  • Vida
  • Humor
  • Opinión
  • Aviso legal
  • Política de privacidad y de cookies

Copyright © 2017-2026. El Catalán. Todos los derechos reservados. Powered by APG.

  • El Catalán
  • Política
  • Sociedad
  • TV3
  • Medios
  • Opinión
  • Deportes
  • Cultura
  • Vida
  • Hablemos de futuro
  • Donar
  • Suscríbete
Are you sure want to unlock this post?
Unlock left : 0
Are you sure want to cancel subscription?