La llegada de Sirat a las pantallas se ha vendido como un hito visual, pero tras el envoltorio se esconde una alarmante ausencia de mensaje. El espectador se encuentra ante un despliegue técnico impecable que no logra ocultar la debilidad de su estructura narrativa. Es el mal endémico de cierta parte del cine actual: mucha estética y muy poca chicha.
El proyecto parece diseñado más para complacer a los jurados de festivales que para conectar con el público real. Se nota un esfuerzo desmedido en la fotografía, buscando el encuadre perfecto en cada escena. Sin embargo, esa obsesión por la forma acaba por asfixiar el ritmo de una historia que nunca llega a arrancar del todo.
La trama de Sirat se diluye en metáforas visuales que pretenden ser profundas pero resultan pretenciosas. No basta con rodar paisajes impresionantes si los personajes carecen de una motivación clara que mueva la acción. Al final, lo que queda es una sucesión de estampas bonitas que no conducen a ninguna reflexión de calado.
Es inevitable ver en esta producción un reflejo de las políticas culturales que priman el continente sobre el contenido. Se premia la corrección técnica y el mensaje vacuo por encima de la capacidad de contar historias que realmente importen. El resultado es un producto frío, distante y, por momentos, profundamente aburrido.
Los diálogos, escasos y artificiosos, no ayudan a que el espectador empatice con lo que sucede en pantalla. Parece que los guionistas han olvidado que el cine es, ante todo, narración. Se han limitado a rellenar el metraje con silencios prolongados que intentan simular una trascendencia que no existe.
Sirat es el ejemplo perfecto de cómo la técnica puede ser la peor enemiga de la creatividad cuando no hay nada que contar. La dirección se pierde en alardes visuales que distraen del vacío argumental reinante. Es una película que se mira, pero que difícilmente se siente o se recuerda una vez se abandonan las salas.
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