La realidad política ha cambiado completamente después de que el Estado mostrara su poder ante los graves atentados contra la democracia sufridos en Cataluña hace un par de años. La aplicación del artículo 155 y el proceso judicial a los golpistas catalanes ha asustado a muchos postores que no les ha quedado más remedio que recular.
En este nuevo escenario, donde todos deben recolocarse y buscar su hueco para nutrirse (lo de gratis et amore se reserva para unos pocos valientes), vuelven a aparecer los fantasmas que nos han traído hasta aquí. Me refiero a las «nuevas» tendencias políticas, definidas como catalanistas moderadas, que buscan un lugar libre en este disgregado panorama político actual. Ponen, otra vez, sobre el tablero de juego lo mismo que hace algunas décadas, defendiendo su catalanidad dentro de España como la mejor manera de sentirse catalán.
El catalanismo nunca es moderado si pasa de ser una corriente cultural a una corriente política. Desde el momento en el que entra la exaltación regional en el tablero del juego político es porque pretende conseguir su propio objetivo que no es más que manifestar, y que todos reconozcan, esa diferencia cultural, lingüística e histórica falseada de una parte de la nación. Y es en esa búsqueda del reconocimiento general cuando la moderación se convierte en una suerte de imposición porque pretender conseguir la aceptación de esas «diferencias», como elementos diferenciadores de esa parte de España, no es moderado. ¿Dónde está la moderación en la exaltación regional?
No solamente son postulados lejos de la moderación, sino que, además, son contrarios a la igualdad, pues con base en esas diferencias «culturales impostadas» se pretende buscar nuevos privilegios o distinciones regionales solamente por el hecho de sentirse «diferentes». Una diferenciación que resulta peligrosa, pues siempre lleva implícito cierta dosis de superioridad. ¿Eso es moderación?
La exaltación de los regionalismos parece una conducta de tiempos pasados a la que ya no deberíamos volver. La lengua no puede hacernos creer que somos diferentes al resto de españoles. No puede servir de elemento de división ni de disgregación ni de exclusión ni de diferenciación ni mucho menos de pretensión de privilegios. La lengua es un elemento de comunicación, no un arma al servicio de las ideologías políticas.
En esta realidad política en la que parece que los postulados catalanistas / nacionalistas han calado demasiado por esa interiorización de la mayoría a creer que somos diferentes, ya va siendo hora de reivindicar la igualdad, la de los catalanes con el resto de españoles. Nuestras diferencias culturales no son más que el producto de un adoctrinamiento sistemático. La lengua nunca ha sido un elemento de disgregación. El bilingüismo ha marcado nuestra convivencia. El supremacismo no debería definirnos. Compartimos la historia. Nuestra patria es común.
Por una catalanidad bien entendida y generosa, no quiero privilegios ni distinciones ni cupos ni conciertos ni inmersión ni políticas lingüísticas ni una lengua propia, sino dos, ni una televisión pública parcial ni adoctrinamiento en los colegios ni multas lingüísticas ni una cultura diferente e impostada ni una nación milenaria ni fets diferencials. Yo quiero sentirme igual al resto de españoles, entendiendo las diferencias regionales como parte del pluralismo de las naciones, de su historia y de su riqueza. Pues, la igualdad entre españoles es la única manera de garantizar nuestra libertad.
Vera-Cruz Miranda
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