El feudalismo era un sistema económico, social y político desarrollado durante la Edad Media, que se caracterizó por dos aspectos fundamentales: la estratificación de la sociedad por medio de clases sociales claramente diferenciadas, y la dependencia económica de los propietarios de la tierra, ya fuesen los nobles, la Iglesia o la propia realeza. Después de la Edad Media vino la Edad Moderna, y luego la Edad Contemporánea hasta la actualidad.
Durante el siglo XX la evolución humana nos ha deparado un futuro que se suponía mejor, con la superación de las desigualdades sociales, la mejora general del nivel de vida de todas las personas, y la reducción de la jornada de trabajo. Sin embargo en este primer cuarto del siglo XXI, estamos constatando la desaparición de la clase media, y las desigualdades sociales se van acrecentando, porque los pobres son cada día más pobres, y los ricos cada día más ricos. Lejos de la reducción de la jornada laboral, los modernos trabajadores están obligados a tener varios empleos para poder llegar a final de mes, porque no se puede mantener una unidad familiar con los salarios actuales de miseria.
También estamos comprobando que en términos generales, los hijos son más pobres que sus padres, porque si éstos tenían una vivienda de propiedad, y en muchos casos una segunda residencia veraniega, los hijos ya no pueden aspirar a adquirir una vivienda contratando una hipoteca, teniéndose que contentarse con un piso de alquiler, o con una habitación en un piso compartido.
A diferencia de la Edad Moderna y la Edad Contemporánea, en las que se producía un auténtico ascensor social, cuando un trabajador podía llegar a ser dueño de una gran empresa y ganar mucho dinero, hoy en día como en la Edad Media, las clases populares están condenadas y relegadas a permanecer siempre en los estratos más bajos de la sociedad, insertos en situaciones lindantes a la pobreza.
La Edad Media se caracterizaba por ser una sociedad estratificada, en la que sin poder cambiar de clase social, en la cúspide de la pirámide se situaba la realeza y la nobleza, que se dedicaba a gobernar y a la guerra, debajo estaba la Iglesia dividida en alto y bajo clero, cuya misión era rezar y educar, y en la base de la pirámide se situaba el llamado Estado Llano o Tercer Estado, compuesto por el pueblo integrado por campesinos y artesanos, que con su fuerza de trabajo producían riqueza para mantener a la aristocracia y a la Iglesia, que eran los propietarios de las tierras donde trabajaban.
La modernidad globalista nos ha insertado un nuevo sistema que denomino «neofeudalismo», en el que como en el feudalismo, las clases sociales además de ser impermeables -porque no se puede pasar de una a otra- están perfectamente compartimentadas, porque cada una tiene su función definida claramente en la sociedad. Es así como en lugar de la realeza, tenemos una clase política que asume la misma función de la antigua realeza, porque dirige los destinos de las naciones.
Por su parte, la clase económica formada por los propietarios de las grandes empresas, bancos y multinacionales, como la antigua nobleza, atesoran la mayor parte de las riquezas, actuando como correa de transmisión bilateral con la clase política gobernante, que equivalía a la realeza. Así mientras que la antigua realeza y la aristocracia se ayudaban y aconsejaban mutuamente, procurando establecer las mismas políticas y criterios de gobierno de la sociedad, hoy en día la clase política gobernante y los grandes capitalistas hacen exactamente lo mismo, procurando dominar a toda la sociedad en su propio interés.
En este nuevo feudalismo la Iglesia ha perdido su poder preponderante, siendo sustituida por una nueva religión globalista encarnada en la Agenda 2030, cuyos sacerdotes del bajo clero, son los nuevos gurús y apologetas que tienen la cara dura de decirnos lo que tenemos que comer, o cómo tenemos que educar a nuestros hijos, y los científicos dogmáticos del calentamiento global -conocidos como calentólogos- . Mientras que los jerarcas del alto clero son los dirigentes de las instituciones internacionales como la ONU, el Fondo Monetario Internacional, la Unesco o las ONGs entre otras, que como los obispos medievales adoctrinaban debidamente al pueblo, como ahora se adoctrina en la ideología de género o de control de la natalidad entre otras.
Hoy en día los dirigentes de las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, establecen las directrices de las nuevas ideas globalistas, con una legión de supuestos expertos, periodistas, opinadores, pedagogos y actores sociales, que desde los medios de difusión social (periódicos, radios y televisiones) difunden ese pensamiento entre la sociedad, imponiendo la dictadura de lo ¨políticamente correcto». Lo mismo ocurría en la Edad Media cuando el bajo clero impartía la doctrina de la Iglesia desde los púlpitos. Sin embargo tenemos que matizar que mientras la doctrina de la Iglesia se fundamenta en un bien genérico objetivo fundamentado en el amor a Dios y al prójimo, que es positivo para la humanidad, porque los mandamientos de la Iglesia son claros y determinantes, vemos como los nuevos gurús de las nuevas ideologías globalistas y los científicos en general, frecuentemente se contradicen entre ellos, despistando a los supuestamente adoctrinados.
Finalmente tenemos al Estado Llano, el pueblo, que como en la Edad Media es el que lo sustenta todo con su trabajo, porque utilizando una terminología marxista, la clase política y económica (antigua aristocracia), es improductiva. En esta correlación los sustitutos del clero que son los propagadores de las ideologías globalistas, tampoco son productivos porque viven de las subvenciones que les da el Gobierno, que han venido a sustituir los diezmos que recibía el clero durante la Edad Media.
Otro factor relevante de la Edad Media era la explotación económica de las clases populares, cuando por ejemplo se tenía que pagar un peaje para cruzar un puente, o tenían que dar una parte de su cosecha al señor feudal dueño de la tierra, Hoy en día tenemos vías automovilísticas a las que se somete a un peaje en el caso de las autopistas, cuando el Gobierno ya está preparando una ley que imponga una tasa para utilizar las carreteras y autovías.
Podríamos afirmar que la Edad Contemporánea ha dado paso a la Edad de la Mentira, en que la nueva aristocracia política y económica, y la nueva Iglesia globalista, climática y de género, mienten sistemática al pueblo para tenerlo dominado por las nuevas ideologías basadas en la mentira. Después de seiscientos años la humanidad se rige por los mismos parámetros medievales de antaño, y como siempre unos viven a costa de los otros, que además les dicen lo que tienen que hacer y cómo tienen que pensar.
Juan Carlos Segura Just
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