El próximo 8 de febrero tendrán lugar unas nuevas elecciones en la comunidad aragonesa para decidir la composición de su parlamento autonómico. Unos comicios en los que no puedo participar como votante, al ser nacido y residente en Barcelona, pero que siento con una proximidad mayúscula.
Mi afinidad con esa parte de España está más que justificada y fundamentada en un sentimiento personal y familiar, llegando a planificar mi futuro pensando en Teruel como destino en la jubilación. Una reubicación que no valora la posibilidad de renuncia a mi condición de catalán, que mantendré con el único objetivo de seguir votando como tal y dejar constancia, siempre que sea necesario, de mi postura visceral en contra de la barbarie separatista que ahoga los intereses y el futuro de la comunidad que me vio nacer.
Pero, sin poder votar ni elegir representación en mi pueblo y las instituciones regionales, el interés por su evolución y composición es una prioridad absoluta para un forofo de las estadísticas, las gráficas y la evolución demoscópica. Algo que se intensifica sí, como pinta, la cosa va de cara y los resultados que se esperan son halagüeños y gratificantes.
La posibilidad de consolidar a la mayoría actual, con un PP que repite como primera fuerza y con VOX creciendo vertiginosamente para apuntalar esa deseada gran mayoría, lo que vaticina un prometedor resultado pensando en las próximas elecciones generales, genera unas expectativas muy favorables. Parece que pinta bien para la defensa de los intereses aragoneses, sin perder de vista con mirada cómplice y sentida el logro de lo mejor para toda España y los españoles. Un matiz que supone la gran diferencia con lo que acontece en la comunidad catalana, que solo piensa en sacar la mayor tajada y beneficio en favor de los políticos –no de la ciudadanía- que controlan al minoritario pero avasallador pensamiento separatista que lo infecta todo. Unos chupópteros egoístas que han demostrado que, como también sucede con el nacionalismo vasco, saben aprovechar al máximo la posición de debilidad y falta de valores del moribundo sanchismo.
Dicho esto, todo fracaso electoral que penalice al separatismo me congratula. Y, en este sentido, las encuestas que vaticinan un nuevo descalabro del PSOE, principal valedor y defensor de las posturas rupturistas, se convierten en la mejor noticia. La risueña candidata Alegria hará honor a su apellido haciéndonos felices con su derrota.
Tras el fiasco alcanzado, con la elección como candidato en Extremadura del colocador del hermanísimo en la Diputación de Badajoz, en esta ocasión la elegida por el maligno Sánchez ha sido la señalada como el alma de la fiesta en el Parador de Teruel. Esperemos que siga la misma senda y se consolide el descalabro que apuntale el fin de ciclo sanchista.
La interrogante es saber sí, con otra derrota como la ya contabilizada y excusada por los que mandan en Ferraz que no quieren ver que la sociedad ya no los soporta, la obsesión narcisista del necesitado de poder, tras vender y traicionar a España, llegará a poner en riesgo la perdurabilidad del mismísimo partido socialista que su fanatismo ególatra ha parasitado.
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