Tras el accidente en Rodalies en el que ha fallecido un maquinista, la expresidenta del Parlament de Cataluña, Carme Forcadell, ha publicado un tuit afirmando que “las infraestructuras ferroviarias catalanas son tercermundistas” y que lo seguirán siendo hasta que Cataluña tenga un Estado propio.
Hay un momento recurrente en la política catalana que ya resulta tristemente reconocible. Ocurre una tragedia, un drama colectivo, un episodio que debería invitar al respeto y a la responsabilidad institucional. Y casi de inmediato aparecen los buitres. No para ofrecer soluciones ni para exigir responsabilidades concretas, sino para hacer lo de siempre: volver al mismo relato, al mismo eslogan, a la misma conclusión prefabricada.
“Esto demuestra que sin la independencia no hay bienestar.” Es un reflejo automático, una instrumentalización mecánica del dolor ajeno.
Lo vimos tras los atentados del 17-A en Barcelona y Cambrils. Mientras la ciudad aún estaba de duelo, sectores del independentismo impulsaron el marco de que el Estado había fallado y que aquello demostraba la necesidad de estructuras propias de seguridad. Lo vimos durante la pandemia de la Covid-19. Dirigentes independentistas hablaron de que Cataluña estaba indefensa “por no tener Estado” o incluso “por tener un Estado en contra”.
Y lo vemos ahora con Rodalies. Un accidente mortal y la reacción de la expresidenta del Parlament de Cataluña vuelve a ser la misma: esto demuestra que sin independencia no habrá trenes dignos. No es verdad. Y es una forma de faltar al respeto a las víctimas.
El problema no es Rodalies. Es una forma de hacer política. No estamos ante un exceso retórico puntual. Estamos ante una práctica política sistemática: convertir cualquier crisis o tragedia en otro capítulo del mismo relato identitario. Un relato que sirve para blanquear la mala gestión propia y evitar asumir responsabilidades políticas reales.
Porque mientras se repite que “todo es culpa de no tener Estado”, se evita hablar de: decisiones presupuestarias reales, abandono de servicios públicos, mala gestión de infraestructuras y falta de controles y mantenimiento.
Ante una tragedia como la de Rodalies, lo que toca es: investigación independiente y transparente, asunción de responsabilidades políticas si las hay, compromisos concretos de inversión y mantenimiento y reformas reales en seguridad ferroviaria.
Sin embargo, los buitres hacen siempre lo mismo: convierten cada tragedia en propaganda y cada drama en otro capítulo de su relato identitario. Cuando aparecen los buitres, la muerte se convierte en material de campaña. Cataluña merece algo mejor que una política que convierte cada drama en propaganda. Y las víctimas merecen duelo, no esas faltas de respeto.
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