Albert Boadella ha vuelto a sacudir el tablero político y cultural con la crudeza que le caracteriza. Coincidiendo con el estreno en Málaga de su nuevo montaje, El Retablo de las Maravillas, el dramaturgo ha puesto sobre la mesa una realidad incómoda. Su compañía, Els Joglars, cumple en este 2026 la friolera de 65 años sobre los escenarios, un hito de longevidad para una estructura privada en todo el mundo.
Sin embargo, el éxito internacional y nacional de la formación contrasta con el vacío que recibe en su propia tierra. Boadella ha denunciado en un vídeo que ha distribuido en sus redes un boicot total en Cataluña que dura ya dos décadas, afectando tanto a teatros públicos como a salas privadas. Este ostracismo no es fruto del azar, sino una represalia política directa contra un artista que se ha negado a comulgar con las ruedas de molino del nacionalismo.
El dramaturgo no oculta su desprecio por la deriva de una sociedad que califica de mezquina, resentida y antipática. Lejos de mostrar rencor, Boadella exhibe este rechazo como una medalla al honor y a la integridad artística. Para él, haber mantenido el espíritu crítico frente a la paranoia identitaria es el mayor orgullo de su dilatada trayectoria profesional.
Su diagnóstico sobre la salud democrática de España es demoledor y señala directamente a los privilegios territoriales. Boadella considera que Cataluña y las Vascongadas han sido obstáculos constantes para el asentamiento de una democracia plena y equilibrada. Según el autor, el chantaje permanente de estas regiones ha empañado un periodo histórico que debería haber sido ejemplar tras la dictadura.
La crítica se extiende inevitablemente a la gestión de la izquierda, que ha permitido y alimentado este clima de exclusión en favor de alianzas parlamentarias. El socialismo, en su afán por mantener el poder, ha mirado hacia otro lado mientras figuras fundamentales de la cultura española eran canceladas en su región de origen. Esta connivencia ha permitido que el sectarismo ideológico se imponga sobre la libertad de creación.
Boadella llega a confesar una profunda fatiga existencial respecto a su identidad de origen. Afirma con rotundidad que «lleva mal» ser catalán y que hubiera preferido nacer en cualquier otro punto de la geografía española: «Así que, de existir la reencarnación, tengo claro que preferiré ser toro en una dehesa extremeña que ser oveja en Cataluña». Es una declaración de principios que refleja el hartazgo de una parte de la ciudadanía que no se reconoce en el proyecto rupturista impulsado por la Generalitat.
Con su mordacidad habitual, el director de escena prefiere la vida brava en la dehesa extremeña antes que el gregarismo que percibe en la Cataluña actual. Esta metáfora visual sirve para ilustrar la diferencia entre la libertad individual y el comportamiento dócil que, a su juicio, exige el nacionalismo. Para Boadella, la independencia mental es un valor no negociable que le ha costado el exilio artístico en su propia casa.
La situación de Els Joglars en 2026 es el síntoma de una enfermedad política que castiga al disidente y premia al sumiso. Mientras en el resto de España y Europa se recibe su obra con interés, el cinturón excluyente impuesto en Cataluña sigue vigente. Resulta paradójico que quienes presumen de progresismo sean los mismos que ejecutan una censura blanca contra la sátira más veterana del país.
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