Locos a cargo del manicomio

Durante la Guerra Fría, Richard Nixon puso en práctica la así llamada Teoría del Loco, en la creencia de que hacer amenazas nucleares veladas, pero creíbles, destinadas a intimidar a Hanoi y a sus clientes en Moscú, surtiría el efecto de convencer a los soviéticos de que Nixon estaba dispuesto a ir más allá de las amenazas y que ello obligaría “al otro lado” a dar marcha atrás durante las crisis en el Medio Oriente y Vietnam.

El nombramiento de Puigdemont parece que haya tenido por objeto llevar a cabo la misma estrategia frente al Estado. Así, han aventado con impostada grandilocuencia amenazas cada vez mas histriónicas e irracionales, confiando en que el primero en pestañear fuera el Estado, para poder así sacar réditos de la estratosférica cantidad de dinero publico que el separatismo institucionalizado ha gastado en el “Procés de Transició Nacional Catalana” desde 2012.

Desafortunadamente para Puigdemont, se ha dado de bruces ante un Gobierno que ha optado por actuar sólo cuando sea inevitable y cuya estrategia se basa en mostrar la mayor contención posible, mientras mete al separatismo en un campo de minas judicial que limita los avances separatistas al plano de la retorica y las apariencias.

El convencimiento de Puigdemont de que emular a Nixon le saldrá bien se basa en una serie de errores de cálculo fatales, como el partir de la premisa de que, si se declaran independientes, España no recurrirá al legitimo monopolio de la fuerza aplicando el articulo 8.2 de nuestra constitución para mantener la integridad territorial por temor a las admoniciones y condenas de la Unión Europea. Es decir, creer que para los españoles, pertenecer a la Unión Europea es un valor superior a la unidad de España y la defensa de los derechos de los españoles que viven en Cataluña.

La otra pata de este cálculo es pensar que el ejército Español no tiene capacidad operativa para contrarrestar una insurgencia separatista por falta de efectivos. Aquí sus cegados asesores no han sabido explicarle que si el nombramiento de Forn y Soler tiene como fin usar a los Mossos para lograr el monopolio de la fuerza en el territorio catalán, no solo habría deserciones en masa de este cuerpo policial, sino que cualquier núcleo duro de Mossos sin entrenamiento militar que se uniesen a la insurgencia seria neutralizado en horas por la intervención inmediata de las fuerzas armadas españolas, profesionales bregados en controlar situaciones reales de conflicto urbano en los Balcanes y Oriente Próximo. Pretender que un grupo de exaltados de la ANC o de las CUP puede tomar el control efectivo del territorio e infraestructuras como puertos, aeropuertos y centrales nucleares con el apoyo de un grupúsculo armado de Mossos renegados transciende del terreno de la fantasía para entrar en el de la majadería. Una sola fragata de la clase Álvaro de Bazán, con su sistema AEGIS, tiene capacidad para bloquear todas las comunicaciones catalanas en un radio de cientos de kilómetros.

Naturalmente nada de esto será necesario, puesto que la Guardia Civil y la Policía Nacional tiene contingentes y medios más que sobrados para ocupar el vacío que dejaría la disolución de los Mossos si Puigdemont y los suyos se echasen al monte. En todo caso, Puigdemont y los suyos harían bien en empezar a entender que todavía están a tiempo de abandonar, sin romper la baraja, un órdago presentado después de haber jugado sus cartas de la peor manera posible.

España y sus instituciones tuvieron el coraje de prevalecer serena y dignamente sobre los retos del 23-F y los años de plomo. Cada día que pasa Puigdemont hace más daño a la institución que representa y pone a los suyos en una ratonera.

En cualquier caso, Puigdemont tendrá que elegir, y pronto, entre Guatemala o Guatepeor, por más que mucho del daño ya está hecho, y que estamos abocados a un escenario de prolongada inestabilidad política y social. Pero está en las manos de Puigdemont el no causar además graves perjuicios a la economía catalana traspasando todas la líneas rojas y demostrando así que, a diferencia de Nixon, su locura no era fingida.


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