Un día cualquiera amanece sobre Barcelona. Inicialmente, nada hace presagiar que esa mañana será tan imprecisa como el resto; tan monótona como las anteriores y tan previsible como una competición deportiva entre desiguales rivales. Solo permanece una cosa en el ambiente, el amarillo y su consecuencia.
Lo indeterminado de este inicio es un trasunto de distopía vestida de amarillo en el que el hombre libre y el poder político en Cataluña inician una encarnizada lucha por ver quién se apodera de la fantasmagoría y quién se queda con el arte de la verdad. Desigual contienda, que necesita más de Quijotes que de Don Juanes con lazos en la solapa.
Debo confesar que hay, en toda la ceremonia de ruptura y sabotaje al Estado y a la libertad que están llevando a cabo determinados líderes políticos en Cataluña, una suerte de demagogia de la libertad; un falaz intento por advertir, al inopinado simpatizante de la causa, que los subjetivo del “ser catalán” no es otra cosa que un objetivo deseo de vivir en una libertad distópica creada al albur de barras y estrellas.
Libertad de totalitarismos lingüístico-identitarios sobre la base de ese maldito “tenemos” y “somos” que expulsa de su imaginada comunidad a los que SON Y FUERON. Es una totalidad reduccionista pero interesada; fanatizada en la presencia del “ausente”; el romanticismo del padre fundacional y los paseos por la Diagonal recordando la Barcelona que nunca fue y pergeñando la que será. Es un conocimiento banal que se percibe como sistémico y que necesita, incluso, de su fonética y fonología.
Hay reproches contrafácticos de una descarada desvergüenza, cuando no de una inusitada deslealtad. Por ejemplo, las circunstancias endógenas que lleva en su ser todo el fenómeno del movimiento independentista nos es otra cosa que un odio, desprecio y animadversión declarada hacia el que no piense lo que ellos. Automáticamente, esta “inocente” discrepancia es tomada como un argumento que destruye la libertad creada por ellos y se inicia una dialéctica de confrontación en la que el “Buen Catalán” es un ser civilizado, que respeta las normas y condiciones democráticas de su sociedad, “naturalmente buena”, como diría Rousseau; mientras, el discrepante es colocado y percibido como un producto conceptualmente viciado; destructivo del orden “natural” y moral de las cosas catalanas. Los argumentos de este “diablo” y su indiferencia ética y estética ante el fabuloso amarillo de los balcones y los gritos de libertad, le colocan como un ser que satura y le intentan condenar a la máxima expresión de la irrelevancia social e intelectual.
Para ello, los agentes discursivos del procés, pondrán en marcha una industria comunicativa en la que los catalanes son personas de sonrisas con dientes blancos, mientras que los no catalanes se perciben como personas con dientes oscuros y nada bronceados, como se indicaba para otro asunto en la obra Últimas tardes con Teresa.
Ahora, nuestra Cataluña, esa parte esencial de nuestra España, ha iniciado una deriva hacia la subjetividad del nombrar. Un proceso que la coloca entre su propio imperativo categórico y el más insultante adoctrinamiento sin contraste normativo, ético o intelectual.
Basta ahora recordar la máxima aristotélica en su Ética nicomáquea (1155ª) «cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia». Lamentablemente tan alta aspiración se rompe en el momento mismo del triunfo del amarillo. Ese breve prefacio en el que el Oro convierte en religión y la no-lengua a él adscrita, únicamente impulsa al odio. No es amarillo, es odio, no se confundan y no es el SER en SÍ, no, es el NO SER, porque desde ese color, el otro, simplemente, NO ES. Por lo tanto, no traduzcamos mal el significado del color amarillo y su fanática persuasión. Su correcta traducción es…
Heraldo Baldi
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