No cabe duda de que el presidente Trump acumulaba más adeptos y seguidores antes de iniciar su mandato que ahora, cuando ya ejerce el poder con la Presidencia de la primera potencia militar del mundo a su disposición. De hecho, la acumulación de detractores va a un ritmo elevado como consecuencia de su predisposición al uso de la fuerza, en combinación con esa cansina reiteración de su juego a los ultimátums condonados que le dan cierta apariencia de bocazas.
La participación de sus soldados, en los conflictos que centran la preocupación del mundo, puede ser justificada y necesaria, como garantes de la seguridad occidental. Esa dependencia interesada, que hemos facilitado en Europa al externalizar la faceta de protección en favor de EEUU, ha supuesto una despriorización de la capacidad militar de las fuerzas armadas europeas. Situación que no es igual en todos los países europeos, viéndose intensificada en aquellos con la inversión en Defensa penalizada y residual, como pasa en España. La falta de disponibilidades presupuestarias para este cometido nos ha convertido en una mera comparsa en el contexto internacional, con un potencial más que limitado. Hemos vivido a la sombra del paraguas protector de los soldados con las barras y estrellas en su uniforme, además de ese acomplejamiento de nuestros políticos al ningunear la necesidad de recursos para el sector militar y penalizarse electoralmente.
El ejército español necesita de un impulso inversor elevado para actualizarse y ser competitivo. Máxime si la apuesta que se brinda a la ciudadanía europea es la de autonomía y desligue con el que ha sido nuestro principal aliado. El rifirrafe con Trump, al sentirse éste abandonado por los países europeos en sus acciones en Oriente, puede generar la necesidad de un importante desvío de recursos económicos para hacer efectiva la revisión de las capacidades disuasorias de los militares en Europa. Y, en España, todavía más, dada la obsolescencia y el minimalismo de nuestras dotaciones. Al menos hemos de lograr aparentar algo de presencia y credibilidad, lo que se convierte en una utopía estando en manos de un gobierno que desearía eliminar el Ministerio de Defensa o dejarlo en mínimos inoperativos.
Sin soluciones a la vista, para la mayoría de conflictos en los que está implicado Trump, es probable que siga en riesgo su integridad, dando continuidad al arriesgado juego de la ruleta rusa en la que ya se han jugado varias cartas. No es descartable que se repitan situaciones como la vivida ayer, con un lobo solitario llegando armado a metros de la figura presidencial. Las imágenes del intento de magnicidio muestran la vulnerabilidad de los sistemas de seguridad que deberían blindar a los mandatarios estadounidenses. Los anillos de protección fueron efectivos, pero el susto queda en el cuerpo y toca aprender la lección con urgencia, al suscitarse la duda de lo que hubiese pasado sí, en lugar de colarse con armas de fuego y armas blancas, la técnica hubiese sido la que solemos ver cuando el fanatismo te lleva al martirio por medio de la inmolación.
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