Durante el día de ayer, y a jornada completa, integrantes de la UCO entraron en la tocinería de Ferraz para llevarse documentación y todo lo que pueda ser necesario para evidenciar con pruebas que estamos ante el hecho delictivo más grave de mafia y corrupción que se ha vivido en este país.
La financiación ilegal, de la que tanto presumen al decir que no tiene lugar en el seno de ese nido de chorizos, ya veremos hasta dónde llega y les salpica. No pinta nada bien en la casa del rojo pimentón. Y, aunque los cimientos de la Justicia están removidos por los intereses y manipulación del cocinero mayor, parece que en esta ocasión no hay escapatoria que exonere de responsabilidad a los que mandan y dirigen el comercio.
El dueño y jefe de cocina, un mago a la hora de vender su producto con artes malignas de falsedad y mentira patológica, debe estar en máxima tensión, a pesar de intentar aparentar tranquilidad y sosiego. No debería ser de otro modo, viendo la plaga de intoxicaciones que le rodea y que va a más. Tampoco favorece la asombrosa capacidad negociante del titular anterior del tenderete, pese a aparentar que era bastante limitado e incapaz de hacer una salchicha, que dará sentido al famoso dicho del palo y la astilla, al pensar en el que dejó el negocio y su heredero.
El comerciante, aunque vea innecesario cerrar su chiringuito por el bien de la sociedad, debe sincerarse consigo mismo y tomar una decisión acorde con el grado de destrozo que está ocasionando. Como sucede con otras patologías, el primer paso es asumir que se tiene un problema y necesita solución. En la cárcel seguro que sabrán cuidar y dosificar la necesaria medicación para estabilizar ese malogrado ego y vanidad.
Pero, mientras corre el tiempo y el lema es salvarse cueste lo que cueste, no puedo imaginarme la escena en la que el mandamás pretenda liberarse de su culpa y conocimiento del entramado, derivando ésta al encargado del corte de las chuletas, la picada de la carne o, si es necesario, señalando al último dependiente que vende los chorizos o esas sabrosas chistorras que suelen estar de oferta.
No descartemos que, con toda la chulería que le caracteriza, vuelva a tratar de imbéciles a sus clientes e intente vendernos que estaba al margen y no sabía nada de todo lo que pasaba de persianas para adentro. Me cuesta entender que todavía quede gente que le crea, aunque comprendo que algunos otros tenderos le apoyen porque no van a encontrar otro mejor proveedor de carne, sin importar que sea adulterada, que les llene a ellos sus negocios de ilusos comprando esos productos fraudulentos con el sello vernáculo.
Todavía puede que nos quede por ver la mejor escena del mafioso charcutero en el momento en que, para escurrir el bulto, nos vuelva a decir que está asombrado de lo que pasa y, al ser citados ante la trituradora su enamorada esposa y el hermano músico, nos venga con la cantinela de que no los conocía o que igual los había visto alguna vez de pasada. Sin olvidarnos de aquella famosa carta de enamoramiento que, en su opinión, pudo ser objeto de la inteligencia artificial.
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