Cuando hace unas décadas el resto de españoles hablaban de Cataluña, lo hacían con respeto y admiración. Siempre a la vanguardia del momento se aprovechaba cualquier oportunidad para mostrar su buen hacer en el foco del poder político, económico o social.
Los referentes catalanes eran reconocidos por sus conocimientos, por sus aptitudes y por su ejemplaridad en el cómo y cuándo se debían hacer las cosas.
El verdadero catalanismo, tal y como decía Cambó, no tenía nada que ver con el nacionalismo y el separatismo que tenemos hoy en día. El catalanismo era trabajo, esperanza y lealtad a España. Y el separatismo, perfectamente encarnado por gente como Torra, Puigdemont o Junqueras es confrontación, decepción y traición.
Desde que Artur Mas inició el camino a la descomposición de nuestra tierra, hace más de 10 años, nada positivo hemos conseguido para los ciudadanos que vivimos en ella.
La pérdida de oportunidades, inversiones y crecimiento económico y social ha sido reiterada y sangrantemente preocupante para los intereses de Cataluña. Pero lo peor de todo es que los motivos por los que hemos llegado a esta situación son consecuencia de la inoperancia e inconsciencia de los gobernantes de la Generalitat.
Y llegados a este punto me atrevería a afirmar, sin miedo a equivocarme, que la mala fe de los políticos independentistas, anteponiendo sus intereses particulares o partidistas frente a aquellos a los que deberían responder, es decir, al conjunto de la sociedad catalana, han destruido de forma inequívoca todo aquello que pudo ser Cataluña.
Frente a una de las mayores crisis que hemos padecido, los partidos separatistas, con mayoría parlamentaria para formar gobierno, son incapaces de ponerse de acuerdo. Y las brechas de su acuerdo no son las políticas a llevar a cabo en materia de salud, economía o infraestructuras sino en el papel y el dinero que debe tener un chiringuito creado para los chupópteros del procés o sobre quién debe tener el control de la televisión pública que pagamos todos.
Y por si fuera poco, todo ello supeditado a la tutela de un partido antisistema cuyos únicos objetivos son quitarle potestad a la policía y sembrar el caos político, económico y social.
Si queremos que Cataluña sea lo que se merecería ser, si queremos que nuestra comunidad vuelva allí de donde nunca debería haberse ido, hay que dar un golpe en la mesa, ser firmes para tener las ideas claras y entender que aquellos a los que los independentistas, que han arruinado nuestro futuro, quieren vender como los enemigos de la patria, son en realidad los herederos del seny que siempre ha caracterizado a la gente de esta maravillosa tierra.
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