Desde que Ada Colau se puso al frente del Ayuntamiento de Barcelona, la Ciudad Condal únicamente ha ido perdiendo oportunidades para convertirse en una verdadera Ciudad Global. La pérdida de la Agencia Europea del Medicamento tras el Brexit, la lamentable permisividad con los taxis en perjuicio de empresas como Uber y, sobre todo, la inseguridad en las calles son algunos de los grandes fracasos del gobierno municipal con los que tenemos que vivir los barceloneses además de tantos otros como los cortes diarios de la Meridiana, el vandalismo nocturno, la expulsión progresiva y dañina de los vehículos o el cuadro de mal gusto en el que han convertido las calles con sus pintadas.
Evidentemente, la alcaldesa no tiene exclusivamente la culpa. Gobierna junto al PSC cogido de la manita de Units per Avançar, partido que dice ser heredero de la extinta Unió pero que a su vez se siente a gusto diluyéndose progresivamente entre los socialistas de Cataluña. ¿Hasta cuándo los partidos de orden, de gestión y que respeten las libertades individuales van a seguir observando cómo destruyen a pasos agigantados Barcelona?
La solución ante tal pregunta se encuentra en el entendimiento entre liberales, conservadores y democratacristianos para converger en una sola candidatura electoral donde la sociedad civil también sea protagonista. Las siglas de los partidos que representen dichas ideologías deben responder ante sus militantes, pero Barcelona requiere de una propuesta más atractiva y apartidista. Ante tal situación de desprestigio de la ciudad que encandilaba a vecinos y turistas, debe surgir una propuesta electoral que trabaje para revertir tal despropósito vergonzante.
La batalla cultural se debe iniciar en las grandes ciudades con políticas tan simples como el respeto a las libertades individuales, la concepción del ciudadano como uno y no como colectivo o la defensa a ultranza de la propiedad privada. La Ciudad Global a la que debe aspirar Barcelona debe mirar más allá de sus límites fronterizos y convertirse en una verdadera ciudad del siglo XXI, una metrópoli abierta e inclusiva. El provincianismo y empobrecimiento al que nos ha llevado la izquierda más sectaria debe quedar reducido a la mínima expresión si queremos que Barcelona vuelva a ser el ejemplo de ciudad europea. El gobierno municipal nunca más debe estar ocupado por populistas y antisistemas. Liberales, conservadores y democratacristianos tenemos la receta y la solución para esta triste y herida Barcelona.
No nos engañemos. Barcelona está condenada a sufrir durante dos años más este calvario. Sin embargo, otra Barcelona es posible. Podemos evitar que el populismo y la izquierda iletrada gobierne durante cuatro años más si desde este mismo momento empezamos a trabajar para alcanzar un acuerdo entre aquellas formaciones políticas y miembros de la sociedad civil que ansíen situar de nuevo Barcelona entre las ciudades de referencia mundial. No hay tiempo que perder.
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