Le llamaban ‘Celes’

Hay declaraciones o entrevistas que tienen especial virulencia. No son tan escandalosas las palabras, sino algunas poses, algunas miradas duras, que son de tragedia griega. Eso es lo que algunos vimos en la entrevista realizada por Susana Griso a Celestino Corbacho a inicios de marzo.

Irse en política es inútil, es imposible, la pasión pública es abigarrada. Pero irse de los cargos remunerados es moralmente imprescindible y necesario. Por descontado que no es el sueldo lo que subyace en el retorno a la política activa de Celestino Corbacho, tristemente se percibe un regusto de vendetta y de ira, casi de odio larvado. Manca finezza.

Corbacho siempre me pareció un dirigente seguro de sí mismo, sobrio, con una timidez mezclada con arroaància y con una escasa sensibilidad social. Esa falta de marco ideológico era suplida con capacidad de trabajo, también con mucha astucia.

Su nombramiento como Ministro de Trabajo, precisamente de Trabajo en 2008, levantó sorpresa en el mundillo empresarial y sindical. La verdad es que intentó sacarlo adelante. Todo quedó en una frustrada gestión de casi dos años, más unos meses de errante deambular.

La evolución de Corbacho ha dado mucho que hablar, a unos les ha hecho pensar, a otros les ha escandalizado, mientras que algunos, que acostumbraban a llamarle Celes cuando era presidente de la Diputación de Barcelona o ministro, han empezado a insultarlo y a blasfemar…

En política las criticas son aceptables, mientras que no atenten contra la legalidad, los DD.HH. o la dignidad individual. Personalmente nunca tuve ninguna relación de amistad con él. Le conocí entre las rivalidades políticas de los 80 en el PSC-PSOE, dónde muchos andábamos metidos, estuvimos en el mismo grupo de Gobierno municipal durante un tiempo y discutimos en algunas ocasiones cuando él era Alcalde de L’H [L’Hospitalet de Llobregat] y yo responsable sindical local.

Por ello sus declaraciones y opiniones no me despiertan ningún interès ni personal ni intelectual, sin embargo no son desdeñables, como síntoma de la situación política en nuestro país.

Hace ya mucho tiempo que las viejas políticas se alejaron, posiblemente para que vengan otras más arcaicas. Los oasis catalanes desaparecieron, en los municipios catalanes hay una lucha sorda en las diferentes franjas ideológicas. La pugna por el voto rural nunca había sido tan intensa, o la progresía de ERC o el carlismo supremacista del PDCAT y el Chico de Waterloo.

Mientras que en la zona litoral y metropolitana ha sido más apasionante, lo que algunos consideran “el gran granero de voto obrero”. En él Ciudadanos busca a los decepcionados por ICV y PSC; mientras que ERC, con el penoso colectivo Sumáte de Gabriel Rufián, intenta atraer a jóvenes castellanoshablantes que se traguen la república supremacista que les desprecia. Todo ello sumado a las ofertas de Comunes e independentistas varios, además del voto fascista inesperado, pero que se dará.

Es en este contexto dónde hay que ver las últimas maniobras de Corbacho, que espera apoyar a Valls en atraer ciudadanos de barrios y entidades regionales. Volver a antiguas políticas en nuevos tiempos. En los 80’s las victorias del PSC en las ciudades obreras de Catalunya fueron apabullantes, se sumaba el apoyo de los ciudadanos por una buena gestión, al respeto a un partido histórico de izquierdas, renovado por gente joven con un buen perfil político, como era la “generación González”.

Baste decir que en L’H el PSC llegó a tener 20 concejales de los 27 totales. Ese espacio de hegemonía política del municipalismo del PSC se proclamó con el glorioso congreso de esta formación de 1996, a pesar del triunfo del PP en el Gobierno.

En él se empezó a articular el relevo a CIU y su vampirización de las instituciones catalanas; un barcelonés Pasqual Maragall que se proyectaba como alternativa de progreso, un Montilla y una Carme Chacón que cobraban peso nacional, mientras que el flamante Corbacho consolidaba su dimensión municipal con la presidencia de la Diputación de Barcelona.

Algunos de esos dirigentes tuvieron un peso destacado en el futuro, tuvieron perspectiva histórica, otros derraparon con un Estatut que nadie necesitaba, mientras que a alguno solo le guió una enfebrecida ambición personal. Todos estos instantes se acabaron ya.

En la actualidad, el municipalismo metropolitano oscila entre un voto basado en la gestión, de políticas sociales -como ejemplifican gobiernos como el de Pilar Diaz, Nuria Marín, Lluisa Moret, Nuria Parlón, Lluis Tejedor y alguna coalición de izquierdas más- y la vorágine procesista, que ha dado lugar a gobiernos municipales delirantes como el de Sabadell y, de mayor tamaño, el “castell sense fonaments” de Ada Colau, dónde confluían (nunca mejor dicho) un voto obrero de barrio y nuevos movimientos alternativos con una burguesía progre que siempre apostó por la evolución de Barcelona (la Olimpiada 92 fue un caso emblemático).

Todo ello lo diluyó Colau como un azucarillo ante su espesa grandilocuencia, obsesionada por los grandes mensajes mesiánicos, con responsables de gestión ausentes o con mediocres reciclados, y que cometió la torpeza de romper el pacto con el PSC por el enajenado coitus interruptus independentista.

Aprovechamos este artículo que nos ha inspirado Corbacho para plantearnos algunas reflexiones finales, indicar de nuevo, algo que la joven democràcia hispana tendría que tener más presente: en el futuro se tendrá que legislar sobre las estructuras de los partidos y otras entidades sociales, no solo para hablar de tesorería y transparència, más bien para hablar de democràcia interna.

Creo que el debate tendrá más que ver con la acumulación de cargos y responsabilidades en pocos individuos, con la limitación de mandatos de cargos públicos y con la apropiación personal de las actas y el posterior transfuguismo. Esos son los verdaderos cànceres de la representatividad política.

Nuestras listas políticas vienen avaladas por un partido, son cerradas, por tanto la propiedad y el merito de la acción política es compartida. O bien los candidatos se presentan por territorios/circunscripciones, para luego asdcribirse a un partido o es éste quién nombra y decide.

Desde luego en nuestro modelo no caben los divismos de creerse reyes del escenario, cuando han sido políticos por la fuerza organizativa, en competència interna, no por un gran liderazgo social. En pocas palabras, su trayectoria y méritos se lo deben al partido que los ha encumbrado, todo lo que han sido. Poco espacio para las prima donnas.

Las sucesiones y herencias en política siempre son una mezcla de “Macbeth” y “El rey Lear”, con florentinas luchas de liderazgos y herencias envenenadas, nuevos líderes que quieren dejar huella y fiscalizaciones de los que se van, pasión en suma, pasión humana, la hybris que decían los griegos.

Lo que no cabe es que por líos internos, sean filiales, místicos, ideológicos, amorosos, iconográficos o endémicos se termine con todo pringado de sangre, bilis y vísceras, como en “Coriolano”.

Siendo consciente de la profunda inutilidad del rencor, siempre hay que despedirse con elegancia.

Nicolás Cortés Rojano


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