Este artículo fue escrito durante el largo y tortuoso recuento de votos, por lo que no se cómo van a quedar finalmente los resultados de las elecciones EE.UU. 2020. No he querido mezclar deseos con realidades, ni siquiera deseos proféticos ante el caos que nos podemos encontrar.
La cruel realidad les hace elegir a los electores norteamericanos entre la excentricidad de un caudillo capitalista decimonónico, apegado a los viejos consejos de administración de la industria productiva, Trump en estado puro, o el liberalismo de las grandes corporaciones ‘high tech’ (Zuckenberg, Bezos o Gates entre otros, todos con esa aura poderosa de malo de James Bond) y financieras que apoyan a Biden. No nos engañemos, esa es una realidad, también hay otra verdaderamente ética, de cohesión social y de valores, dentro y fuera del país, también EE.UU puede impulsar grandes políticas en el mundo, como la Agenda 2030 de Naciones Unidas.
Pero huyamos de las distorsiones, con algunos barnices supuestamente “progresistas”, el tejido económico marca la agenda de este Imperio, infantilizado en estas últimas décadas. Y su realidad laboral se cronifica, la media de edad en EE.UU. es de 38 años y han accedido al peor mercado laboral desde la Gran Depresión de 1929. Necesitan con urgencia un nuevo Contrato Social que dignifique a sus ciudadanos (por cierto, en eso también deberíamos trabajar los europeos), de lo contrario se apuntan a los primeros líderes mesiánicos de baratillo. En ese escenario el chamán Bannon supo articular la jugada ultraliberal, la sigue intentando desplegar en Europa, con dispares resultados. Aunque fue uno de los primeros sacrificados del sintomático “hydris” trumpiano.
Sanders abrió una espita socialdemócrata en pleno EE.UU, el ánimo no le aguantó hasta el final (suponemos que las presiones del clan Clinton tampoco ayudaron), difícil para un hombre que defendía la sanidad pública y era tachado de comunista. Los nuevos vientos de dirigentes como Ocasio-Cortez no parecen muy sólidos, ecologismo y feminismo son clave, pero no sabemos qué marco económico plantea o qué actuaciones quiere hacer sobre política de migraciones en la región… Algo típico entre alguna izquierda con síndrome de Peter Pan, grandes mensajes en vaqueros hipsters, ideología blanda y escasa gestión del día a día. Algo muy extendido, dicho sea de paso.
“Cuéntame cómo pasó”, hace no demasiado tiempo un propietario inmobiliario aprovechó el hambre de especulación de determinados círculos financieros y el hartazgo hacia las ofertas políticas habituales, en zonas altamente pobladas; sumó la crisis económica y de empleo de la época, lanzó mensajes de transparencia en la administración, algunas gotas de xenofobia, desfachatez, “terra planismo” en los discursos y proyección mediática por muchas vías, incluso programas propios de TV. Todo volcado en un único fin: ganar elecciones.
No nos referimos a Trump, sino a Gil y Gil en Marbella. Trump no deja de ser el trampantojo a la mayor del ‘Gilismo’ en la Costa del Sol, y el presidente atlético supo ver lo que ahora es una urgencia: trabajadores en paro de larga duración, agobio ante políticas sin vertiente social, pobreza extendida, ancianos en la miseria y jóvenes explotados laboralmente, valores individualistas y unas izquierdas acomodadas al mainstream que no responden a la ciudadanía. Esto valía para la Costa del sol de mitad de la década de los noventa y sirve ahora para los territorios del llamado “Cinturón del óxido”, antiguos estados Industriales caídos en desgracias, como Wisconsin, Michigan o Pensilvania. Esta es la herida que nos debe preocupar como progresistas.
En EE.UU. una cosa es el ruralismo fanático y ultraconservador del Medio Oeste, otra muy diferente la población de la poderosa industria norteamericana, que se ha quedado sin expectativas y que necesita cohesión social. Con Trump estos dos grupos confluyen, y recordemos que los radicalismos no sólo se alimentan de los fanáticos, sino más bien de los desesperados, aires de la vieja República de Weimar. Decía Javier Cercas que Trump era ‘La Vendée’ contrarevolucionaria, cierto, también lo son los procesos reaccionarios que asolan Polonia, Hungría, Italia y por supuesto España (no solo Vox, Puigdemont es aspirante a becario de Trump).
El verdadero reto del próximo gobierno norteamericano vuelve a ser crear un New Deal, crearlo como F.D. Roosevelt, sostenerlo como Harry Truman y defender los derechos humanos y sociales, como Lyndon B. Johnson (primero en nombrar afroamericanos a cargos públicos y en aprobar el Medicare y el Medicaid), también crear pactos complejos como Nixon con la China maoísta. Alguno dirá que todos estos presidentes eran perversos, que cometieron masacres y tiraron bombas atómicas, cierto, pero tenemos que ser conscientes que en las elecciones norteamericanas se vota el gobierno de ese país y que éste se comporta siempre como un Imperio, con intereses crudos y de fuerza, no son Cáritas.
Otros han sido símbolos, como Kennedy y Obama, necesarios, pero símbolos, como símbolos son las estatuas pintarrajeadas de Cervantes o destrozadas como la de Fray Junípero Serra… EE.UU. tiene un problema de identidad (otros lo tenemos también por excesos), dudas y frustraciones, odios y miedos, mientras se endiosa a “Padres Fundadores” como Hamilton o Washington, élites codiciosas, muchos de ellos enriquecidos con el tráfico esclavista…
Los más perversamente “eficaces”, las décadas neoliberales, desde Gerald Ford, Reagan o los Bush, que han sido capaces de destrozar el esquema progresista en el mundo, minimizando la legalidad del Estado y su capacidad de dar protección y bienestar a los ciudadanos. Trump es una pobre caricatura de ellos. Aún con todo esto, aquí me tienen con el banderín de Biden…
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