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El Catalán Opinión

La revolución de los hispanohablantes catalanes

"La realidad demuestra continuamente la falacia de que la educación exclusivamente en catalán permite el ascenso social de los hispanohablantes"

Por Dolores Agenjo
sábado, 10 de abril de 2021
en Opinión
5 mins read
 

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El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha anulado los proyectos curriculares de sendos centros educativos en Cataluña por excluir el uso vehicular del español en la enseñanza. Sin duda un gran éxito de la AEB, asociación cuya tenaz lucha por la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña es digna de los mayores elogios.

Sin embargo, créanme si les digo que no puedo alegrarme plenamente. Y no puedo porque sé que esta sentencia, como tantas otras que con anterioridad han dado la razón a los padres que reclaman educación en español para sus hijos, caerá en saco rato sin que el gobierno de España se tome la más mínima molestia en obligar a la Generalidad de Cataluña al cumplimiento de la ley.

Representantes del gobierno catalán se han apresurado ya a criticar la sentencia y a manifestar su nula disposición a obedecer arguyendo “razones pedagógicas”. Asombroso, pero cierto, “razones pedagógicas”. ¿Alguien puede explicar qué razones pedagógicas existen para borrar de la enseñanza el uso de la lengua mayoritaria de los catalanes? Las matemáticas, las ciencias sociales, la música… no se aprenden mejor porque se impartan en catalán o en español, se aprenden mejor cuando se imparten en la lengua materna de los alumnos. Prohibir la enseñanza en español de las materias curriculares no solo no aporta ningún beneficio a los alumnos hispanohablantes, que son la gran mayoría en muchos centros educativos de Cataluña, sino que les perjudica severamente. Y prueba de ello es el mayor fracaso escolar de estos alumnos, sea cual sea el nivel social al que pertenezcan,  en comparación con los catalanohablantes.

Podrán algunos decir que la inmersión lingüística ofrece a los hispanohablantes la oportunidad de un mayor conocimiento de la lengua catalana y, con ello, mejores oportunidades de promoción social. Es un argumento falaz, pero persuasivo en muchos casos, teniendo en cuenta que un elevado porcentaje de la población hispanohablante de Cataluña pertenece a estratos sociales poco favorecidos económicamente. Sin embargo, basta un mínimo de capacidad analítica para darse cuenta de hasta qué punto este argumento se desmorona.

En primer lugar, ningún niño de lengua materna española necesita cursar 24 horas en catalán de las 30 lectivas en educación secundaria (descontadas las que corresponden a Lengua Española y a Lengua Inglesa) para aprender de forma suficiente una lengua románica, una lengua que cualquier hablante de español es capaz de entender incluso sin haberla estudiado nunca. ¿Acaso los niños catalanohablantes requieren 24 horas de aprendizaje en español para dominarlo? Dicen los defensores de la inmersión que lo logran a la perfección con solo tres horas semanales (a veces incluso menos, a veces con cero horas). ¿Es que los niños catalanohablantes son más inteligentes o que hay lenguas que cuanto menos se estudian mejor se aprenden?

En segundo lugar, la realidad demuestra continuamente la falacia de que la educación exclusivamente en catalán permite el ascenso social de los hispanohablantes. Todo lo contrario: siguen ocupando los trabajos peor pagados, siguen viviendo en los barrios más pobres, siguen siendo minoría en la universidad, siguen como mano de obra, servicio doméstico o subalternos de la burguesía catalanohablante. Y ello en buena medida es así porque precisamente el fracaso escolar ligado a la exclusión de la lengua materna en la educación les impide progresar en su formación académica y, por ende,  en su posición social. Quien  no domina su propia lengua no domina en realidad ninguna otra y carece de un instrumento de realización personal e interacción social valiosísimo, lo que, sin lugar a dudas,  le impone límites insalvables, un  techo de cristal, como dirían ahora.

No, la inmersión lingüística obligatoria no obedece a objetivos pedagógicos o de promoción social, es pura y simplemente un instrumento político, un mecanismo de nacionalización. Por una parte, constituye el molde ideal para los contenidos nacionalistas que se pretenden transmitir; por otra, expresa  la idea de que la única lengua de Cataluña es el catalán y de que si eres catalán has de aceptar que el catalán es tu lengua, hasta el punto de prescindir de la que aprendiste de tus padres y hablarles a tus hijos en aquella otra que te enseñaron en la escuela, esa que, si eres un buen catalán, como Gabriel Rufián o la ínclita alcaldesa de Santa Coloma, Nuria Parlón, ha de ser la tuya.

En realidad los objetivos de la inmersión no son ningún misterio. Cualquiera con un mínimo pensamiento independiente y crítico puede identificarlos sin dificultad alguna. También nuestros políticos, también nuestro gobierno. Sin embargo, llevan haciendo como si se tragaran los falaces argumentos del nacionalismo casi desde la  recuperación de nuestra democracia, casi desde cuando cedieron en llamarle “castellano” en lugar de “español” a nuestra lengua común, con el cada vez menos velado fin de arrebatarle precisamente ese carácter de común. Por eso, sé que tampoco ahora harán nada, dejarán que la Generalidad continúe impunemente vulnerando nuestros derechos, cuando no ayudándole entusiastamente a hacerlo.

Créanme nuevamente si les digo que solo una “revolución” social (por llamarla así) de los hispanohablantes, una revuelta pacífica, generalizada y sostenida en el tiempo, que surja desde abajo, desde los que padecemos y sufrimos a diario la discriminación por razón de lengua, podrá cambiar las cosas. ¿Sucederá algo así? No lo sé. Hubo un tiempo en que tuve esperanzas, ahora la práctica desaparición del partido que con más ahínco (y por ello mismo más odiado) había defendido los derechos lingüísticos de los catalanes hace más urgente que nunca la articulación de un  movimiento liderado por nuestra Resistencia, esto es, por  asociaciones civiles como la AEB, Hablamos Español, Asociación por la Tolerancia, Convivencia Cívica Catalana, Impulso Ciudadano… y tantas otras no menos importantes, que nos conduzca hacia la consecución de la libertad lingüística.

Mientras tanto, y volviendo a la sentencia del TSJC, a pesar de mi nula confianza en su efectividad, no cabe duda de que hechos así constituyen un paso más,  la constatación de que la lucha no cesa, de que estamos ahí perseverando, porque tenemos razón y porque tarde o temprano (quiero creerlo) todo este esfuerzo  cristalizará en la pacífica revolución de la que hablo, una revolución imprescindible para la democracia, una revolución de los hispanohablantes catalanes  por la libertad frente a la dictadura lingüística nacionalista.

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TV3, el tamborilero del Bruc del procés

Sergio Fidalgo relata en el libro 'TV3, el tamborilero del Bruc del procés' como a los sones del 'tambor' de la tele de la Generalitat muchos catalanes hacen piña alrededor de los líderes separatistas y compran todo su argumentario. Jordi Cañas, Regina Farré, Joan Ferran, Teresa Freixes, Joan López Alegre, Ferran Monegal, Julia Moreno, David Pérez, Xavier Rius y Daniel Sirera dan su visión sobre un medio que debería ser un servicio público, pero que se ha convertido en una herramienta de propaganda que ignora a más de la mitad de Cataluña. En este enlace de Amazon pueden comprar el libro.

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Etiquetas: CataluñaDolores AgenjoeducaciónHispanohablantesinmersión lingüísticaTSJC
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