Una nación de cartón piedra

En 1787, la emperatriz rusa Catalina la Grande emprendió un viaje a Crimea. Para impresionar a la zarina, su gobernador general y amante predilecto el príncipe Grigory Potemkin, mandó construir una serie de aldeas prefabricadas a lo largo del rio Dniéper que  eran desmontadas una vez que Catalina había pasado ante ellas y ensambladas de nuevo algunos kilómetros más abajo, anticipándose al paso de la comitiva real que era jaleada por un generoso número de extras ataviados como paisanos y que eran parte del elaborado engaño de Potemkim.

Dando un salto al presente, cualquier viajero casual que se desplace por la Cataluña profunda será victima del mismo tipo de ilusionismo que Potemkim creó para Catalina. Tenemos que reconocer a la ANC y a la AMI la habilidad y celo que han puesto usando nuestros impuestos para convertir una miríada de pueblos catalanes en parques temáticos permanentes del separatismo, con su profusión de esteladas y rótulos épicos que llevan a creer al transeúnte impresionable que en Cataluña  hay una abrumadora homogeneidad nacionalista, y que el problema es intratable.

Hay, en efecto, unos 787 municipios adscritos a la AMI. Representados en una mapa unidimensional, muestran una ocupación extensa del territorio catalán.  Y sin embargo, esta imaginaria Arcadia feliz separatista es tan de cartón piedra como las fachadas de las aldeas móviles de Potemkin. Aunque en Cataluña hay 947 municipios, la mayoría de la población es urbana y diversa, concentrándose en los municipios del Área Metropolitana de Barcelona.  

Basta con convertir el mapa plano de la AMI en una proyección vertical de dos dimensiones para hacer evidente que el número de habitantes en los municipios de uno o dos barrios de municipios que no están en la AMI como Hospitalet del Llobregat vive más gente que en varios cientos de municipios combinados de la AMI.  

Uno de los peculiarismos catalanes es el conformismo sociológico, que  nos lleva a normalizar las anomalías y aceptar con indiferencia, como parte del folclore y del paisaje,  que,  como en el cuento de Hans Christian Andersen,  el rey está desnudo.  Pero la dinámica está cambiando.

Como decía Hegel, en determinadas situaciones se alcanza un momento en el que la cantidad se convierte en calidad. En el caso catalán, esto es fácilmente demostrable cuando a la pura demografía se le asocia la dimensión cultural (es decir, cuando se sale a la calle y se escucha en qué idioma habla libremente  la mayoría de la gente entre si) que prueba que la pretendida homogeneidad del “pueblo catalán” es una construcción para la galería, de cuya autoría el príncipe Potemkim se hubiese sentido orgulloso.


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