El fín del silencio

Jordi Pujol ponía por escrito lo que para la mayoría de los catalanes étnicos que explotaron a los “emigrantes” era una verdad autoevidente: “El hombre andaluz (extremeño, manchego, almeriense, maño) no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido poco amplio de comunidad (…)”

Esta paternalismo xenófobo fue interiorizado por la vía de los hechos por los “nuevos catalanes”, que bastante tenían con ganarse el pan a cambio de malvivir en slumps como la Trinidad, Cinco Rosas, Ciudad Satélite, Can Antúnez, el Campo de la Bota o el Somorrostro. En román paladino, tuvieron que conformarse con trabajar para hacer ricos a los señoritos catalanes viviendo en condiciones tercermundistas  en los barrios que demarcaban el apartheid catalán. Hablar de explotación, y reivindicar derechos e igualdad y condiciones de vida dignas  es un lujo que no te puedes permitir cuando para mantener a la familia padre y madre están pluriempleados.

Pero hete aquí que los hijos y los nietos de los explotados, que gracias a nuestra Constitución han ido a la escuela y han hecho Erasmus, no están dispuestos a renunciar a sus derechos cívicos ni a elegir su identidad. Y no aceptan, como se vieron forzados a hacer sus ancestros, renunciar a su voz y voto asumiendo con deferencia sumisa el poder de una casta para la que Cataluña es un hecho patrimonial que por supuesto les pertenece en exclusiva y a perpetuidad.

Como dijo Churchill, el discurso del Rey Felipe y las subsiguientes manifestaciones en defensa de España no son el final, no son ni siquiera el principio del final. Pero pueden ser, más bien, el final del principio. Depende de nosotros. Ellos tienen el dinero. Nosotros, la razón. Quienes construyeron Cataluña con sus manos y no con su capital tienen no solo el derecho, sino la obligación, de defender lo que es suyo.

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