La Diada, el 11 de septiembre, no es la fiesta de todos los catalanes. Las marchas nocturnas con antorchas, los discursos agresivos, los insultos durante las ofrendas florales ante el monumento a Casanova, el haber escogido como fecha una efeméride que solo interesa a los nacionalistas son algunos de los motivos por los que convendría cambiar la Diada como festividad de Cataluña.
Ante la agresividad de la Diada se alza la festividad de Sant Jordi, una jornada en el que se celebra la cultura y el amor, un día en el que todos los catalanes, sin exclusión, pueden reconocerse y disfrutarlo. Porque el 23 de abril no tiene fronteras, ni señala entre ‘buenos’ y ‘malos’ ciudadanos.
A pesar de la intolerancia de algunos separatistas, que quieren convertir a Sant Jordi en una mala copia de la Diada, y de ahí que se dediquen a insultar a los escritores constitucionalistas que firman en carpas de partidos y entidades no secesionistas, esta fiesta merece mucho la pena. Por mucho que muchos radicales la quieran enturbiar, o llamen a linchamientos contra escritores que no son de su agrado, como Eduardo Mendoza.
Los secesionistas no van a querer prescindir de ‘su’ fiesta de exclusión en el que dan rienda suelta a todo sus victimismo, pero es obligación del constitucionalismo el poner este debate sobre la mesa y presionar, año tras año, hasta conseguir que la fiesta de Cataluña sea un día para todos los catalanes, Sant Jordi, en vez de un día para ‘ellos’, el once de septiembre.
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