La ONU había creado primero el Tribunal Penal para la antigua Yugoslavia y, posteriormente, creó el Tribunal Penal Internacional.
Antes de trabajar en Bosnia, yo había colaborado con Médecins du Monde y Journalistes sans Frontières para preparar dos cosas. Primero el reglamento interno por el que se tendría que regir el Tribunal Penal para la antigua Yugoslavia, teniendo en cuenta que los crímenes de guerra y contra la humanidad que se perpetraban en las antiguas repúblicas yugoslavas un día u otro serían juzgados por ese Tribunal, y era necesario aportar pruebas, porque los juicios se tenían que realizar con todas las garantías, tanto para acusados como para víctimas.
Y. segundo, preparando los formularios con que pertrechamos a los primeros profesionales que llegaban a las zonas de conflicto, que eran el personal sanitario y los periodistas; ambos tenían que obtener todos los datos que fueran posibles para que los culpables pudieran ser posteriormente incriminados judicialmente (nombres de víctimas y testigos, pruebas físicas y documentales, fotografías y vídeos, informes médicos, etc. etc., con todo el detalle posible).
Pudimos residenciar (es decir, fueron admitidos a trámite y posteriormente juzgados) varias docenas de casos, de los miles y miles de violaciones de derechos humanos que tuvieron lugar a lo largo de la guerra. Costó lo indecible, porque el miedo se apoderaba de muchas personas y las afectaciones psicológicas impedían también muchas veces entrar en recuerdos demasiado traumáticos y profundos.
Uno de los casos que se pudo juzgar fue el de este criminal, Karadzic, impulsor y autor directo de uno de los mayores crímenes, el genocidio de Srebrenica. El Tribunal Penal para la antigua Yugoslavia lo condenó a 40 años de cárcel. Ahora, el Tribunal Penal Internacional, ha revisado la sentencia y le condena a cadena perpetua, considerando que la gravedad de los actos criminales no puede ser castigada con una pena de 40 años, considerada como «suave».
No me cabe duda de que Karadzic intentará que se revise la condena de nuevo, pero para ello deberá aportar nuevos hechos que permitan una interpretación diferente de los que ya habían sido probados. Es algo insólito.
Pero también ha sido insólito que, finalmente, la comunidad internacional haya sido capaz de poner en marcha estos tribunales internacionales, impensables hace pocas décadas. Con ellos, la Justicia, con mayúsculas, gana enteros.
Teresa Freixes
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