Gabriel Rufián, el portavoz de Esquerra Republicana (ERC), ha logrado un hito sorprendente: se está consolidando como la figura más visible y menos tóxica de la izquierda más allá del PSOE. Posee una cintura política y mediática de la que ahora carece, por ejemplo, el exlíder de Podemos, Pablo Iglesias o sus sucesoras, Irene Montero o Ione Belarra.
Mientras Iglesias ha pasado de debatir en todos los platós a proponer el cierre de los medios que le son hostiles, Rufián ha optado por una estrategia de conexión directa. Lo ha demostrado en TikTok, donde forma un popular dúo con el reportero Vito Quiles. Esta pareja mediática, basada en una dinámica de pregunta y «toreo» con un punto de simpatía, está arrasando entre la juventud. Rufián, incluso, consigue captar la atención de ciudadanos que ideológicamente están muy lejos de sus postulados. Simplemente quieren saber «a ver qué dice».
Esta capacidad de captar audiencia le augura un notable futuro en la política española. Le permite ser escuchado más allá de su nicho, algo fundamental en un ambiente político cada vez más polarizado y agresivo. El dirigente de Santa Coloma ha intentado durante años seducir a la izquierda catalana no separatista para arrastrarlos al proyecto excluyente y supremacista de ERC. Sin embargo, en el contexto actual, su papel es otro.
En un panorama donde el rencor y la mala fe política son la norma entre los líderes de la izquierda radical, Rufián se ha convertido en un pequeño oasis. Su estilo es más cercano y menos hiriente que el de otros referentes del sector. Pedro Sánchez, en su intento de consolidar un «frentepopulismo» de apoyo parlamentario, necesita desesperadamente figuras de la izquierda radical que generen menos rechazo. Se busca un líder que pueda movilizar a votantes desencantados.
Hablamos de ciudadanos hastiados de la corrupción del PSOE, aburridos por la inanidad de Sumar y espantados por el fanatismo de los separatismos tribales más duros. Rufián se postula como ese rostro amable y pragmático. No es casualidad que hable cada vez menos de secesión. Ahora, se enfoca más en promover medidas sociales como un supuesto «escudo» contra una victoria de la derecha. Es extraño en un líder separatista, pero tiene lógica para quien ya planea su recorrido final en ERC.
El futuro de Rufián parece más brillante que el de Yolanda Díaz, la actual vicepresidenta. Es más fácil que la gente esté dispuesta a escuchar al catalán que a un miembro destacado de lo que él mismo podría llamar el «Gobierno de la corrupción».
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