El ministro de Asuntos Exteriores de Italia, Antonio Tajani, ha propinado un severo baño de realidad al Gobierno de Pedro Sánchez. Tras las habituales protestas del Ejecutivo español por el restablecimiento de controles en las fronteras italianas, la respuesta de Roma no ha podido ser más contundente. Tajani ha aconsejado a Moncloa que deje de mirar a sus vecinos y empiece a preocuparse por Marruecos, de donde proceden sus verdaderos problemas de seguridad.
La posición del Gabinete transalpino deja al descubierto la fragilidad del discurso migratorio que abandera la izquierda en España. Mientras en Roma prima la prudencia y el control eficaz de las fronteras, en Madrid se opta por una retórica buenista que ignora las advertencias de los propios servicios de inteligencia. La presión sobre Ceuta no es una invención, sino una amenaza real que exige firmeza y alianzas sólidas con el país vecino.
Desde Roma recuerdan que los informes del espionaje español alertan explícitamente sobre el riesgo de avalanchas migratorias y la infiltración de posibles elementos del terrorismo yihadista. Tajani se ha limitado a aplicar la lógica más elemental: si la propia inteligencia española detecta un peligro evidente, lo irresponsable sería subestimarlo. Sorprende que deba ser un ministro extranjero quien recuerde a Moncloa la gravedad de sus propias alertas de seguridad.
El ministro italiano ha rechazado tajantemente que el refuerzo del control fronterizo responda a una confrontación ideológica con el Ejecutivo central. Italia simplemente ejerce la responsabilidad soberana de proteger a sus ciudadanos y garantizar el cumplimiento de la ley. De hecho, los controles ya han permitido interceptar e impedir el acceso a personas que carecían del derecho legal a entrar en territorio europeo.
La suspensión temporal del acuerdo de Schengen no constituye ninguna medida dramática ni excepcional, como pretende escenificar la diplomacia española. Países de muy distinto signo político aplican mecanismos similares cuando concurren razones de seguridad nacional. Un claro ejemplo es la frontera italiana con Eslovenia, donde el espacio de libre circulación lleva más de dos años suspendido para tapar una ruta habitual de entrada irregular.
El choque diplomático evidencia la profunda brecha entre la gestión pragmática de la seguridad que se impone en Europa y la improvisación ideológica de Moncloa. España ha vuelto a quedar retratada como el eslabón débil del sur del continente. La falta de un plan fronterizo sólido contrasta con la determinación de otros socios comunitarios que no dudan en primar la protección territorial.
Especialmente dura ha sido la crítica de Tajani a los sucesivos procesos de regularización extraordinaria impulsados por el Gobierno de Sánchez. Este tipo de medidas unilaterales provocan un peligroso efecto llamada que termina repercutiendo en el conjunto de la Unión Europea. Abrir la mano de forma indiscriminada envía un mensaje equivocado a las mafias que trafican con personas desesperadas.
El diagnóstico de las autoridades italianas coincide con lo que buena parte de la sociedad española percibe a diario. La política de fronteras permeables no solo debilita la seguridad nacional, sino que traslada una imagen de fragilidad institucional. España no puede pretender que el resto de socios europeos asuma los costes derivados de su falta de rigor normativo.
La insistencia del Ejecutivo socialista en erigirse como referente de la acogida contrasta con su incapacidad para garantizar la estabilidad en la frontera sur. En lugar de coordinar acciones efectivas con los aliados continentales, Moncloa prefiere el enfrentamiento dialéctico para desviar la atención de sus carencias. Esta estrategia solo conduce al aislamiento diplomático y al desgaste de nuestra credibilidad exterior.
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