El separatismo catalán lleva años a tortazo limpio, pero a medida que se acercan las elecciones autonómicas ha aumentado la intensidad de los enfrentamientos cruzados. Ya no solo hay navajazos entre Esquerra Republicana y la neoconvergencia, sino que también, como se evidenció de manera cruda durante la votación de las enmiendas a la totalidad a los Presupuestos Generales del Estado, entre Junts per Catalunya y el PDeCAT. Por no hablar de las tiranteces existentes dentro del mundo ‘cupaire’ entre los más ‘sardanistas’ y los más anarquistas. La ANC se ha convertido en una asociación irrelevante, debido a sus tensiones internas y el único referente del separatismo que aguanta sin grandes desgarros es Òmnium Cultural.
En este contexto de luchas internas, que tuvo esta semana un capítulo importante a cuenta de los enfrentamientos entre JxCAT y ERC tras el fiasco de la ‘ayuda’ a los trabajadores autónomos en dificultades, ¿cuál es el estado de la Cataluña no secesionista? A priori, no mucho mejor. Ciudadanos está trabajando para revertir la fuerte bajada que le dan, desde hace meses, todas las encuestas, que parece que se ha detenido. El PSC, que parecía la fuerza en alza, se está encontrando que el pacto PSOE-ERC para eliminar el castellano como lengua vehicular, y los pactos presupuestarios de Sánchez con Bildu, le están perjudicando. El PP no acaba de despegar a pesar de que su candidato, Alejando Fernández, tiene un fuerte tirón entre buena parte del constitucionalismo, y VOX es la gran incógnita, ya que no tiene representación en el Parlament pero la intervención de su candidato, Ignacio Garriga, en la moción de censura le dio mucha visibilidad, y el ataque de Casado a Abascal pudo enfadar al sector del electorado más conservador, lo que podría proporcionarles votos el 14 de febrero.
Pero lo más grave es que no se vislumbra la posibilidad de que se forme en el Parlament, ni antes ni después de las elecciones, un frente de los partidos no secesionistas para intentar evitar que el golpe de Estado (el «lo volveremos a hacer») siga avanzando. Cada formación no independentista hace la guerra por su cuenta, por lo que no pueden sacar provecho de la división en el bando secesionista. Además, el constitucionalismo no partidista, representado en un buen número de asociaciones, se ha debilitado en los últimos años. Claro está que algunas entidades han conseguido mayor visibilidad, mientras otras no viven su mejor momento. Pero, en conjunto, el tejido social constitucionalista tampoco ha podido aprovechar el mal momento de los separatistas.
No se trata de buscar culpables. En Cataluña no ser independentista y dar la cara tiene mucho mérito, por lo que no se trata de señalar quién se ha equivocado o por qué. Cualquiera que haya dado un paso adelante merece respeto y apoyo. Dado que nuestra situación no es mucho mejor que la del bando secesionista, con el agravante que ellos dominan casi todas las instituciones y los grandes medios de comunicación catalanes, solo nos queda, de momento, el intentar salvar los muebles en las inminentes elecciones autonómicas, volcándonos para que los partidos no independentistas consigan el mejor resultado posible, para que el separatismo no llegue al 50%.
A sus amigos, vecinos, compañeros de trabajo o estudios o familiares que tengan dudas, hay que despejárselas. Aunque no le gusten lo partidos en liza, hay que convencerles que vayan a votar en clave no independentista. Aunque sea tapándose la nariz. No estamos en un momento de poder vender ilusión a la gente, porque les estaríamos mintiendo, pero sí hemos de convencerles de la urgencia y la necesidad de evitar que el separatismo siga avanzando. Y el día después de las elecciones la sociedad civil no independentista tiene que reflexionar sobre todos los errores que hemos cometido para empujar a los partidos políticos que nos representan a que busquen maneras de actuar conjuntamente. Si no, el «lo volveremos a hacer» no será una amenaza, será una triste realidad que viviremos más pronto que tarde.
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