El hantavirus ha vuelto a poner a prueba la capacidad de respuesta de nuestras instituciones sanitarias en las Islas Canarias. Mientras los catorce españoles afectados por el brote desembarcaban en Tenerife, la maquinaria de propaganda de La Moncloa ya estaba a pleno rendimiento. El escenario elegido para el mensaje institucional no fue un despacho, sino un mitin de campaña en La Línea de la Concepción.
Desde Cádiz, Pedro Sánchez no ha tardado en convertir una emergencia sanitaria en un activo electoral para su formación. El presidente ha vuelto a recurrir a la épica nacional para maquillar la incertidumbre que rodea a este nuevo brote vírico. Según sus palabras, España responderá con una ejemplaridad y eficacia que, a su juicio, ya son marca de la casa.
Resulta llamativo que el jefe del Ejecutivo centre su discurso en la visión exterior del país antes que en la seguridad interna inmediata. Sánchez parece más preocupado por la imagen que proyectamos ante la OMS y la Unión Europea que por los detalles técnicos de la crisis. El uso de la palabra «orgullo» en un contexto de alerta médica suena, para muchos, a una instrumentalización innecesaria del sentimiento nacional.
En su intervención, el líder socialista ha desglosado una hoja de ruta que suena más a manual de retórica que a plan de choque. Asegura que el Gobierno garantiza la salud de los canarios y de los pasajeros, mientras cumple con sus compromisos internacionales. Sin embargo, esta sobreactuación desde el estrado deja poco espacio para la autocrítica o la cautela que exige la ciencia.
Sánchez no ha perdido la oportunidad de presumir de rigor técnico y transparencia absoluta, dos conceptos que su gabinete suele estirar según la conveniencia del momento. Fuentes gubernamentales insisten en que el contacto con los ministros desplazados a las islas es constante y fluido. No obstante, la escenificación de esta coordinación parece diseñada para transmitir una calma que los datos médicos aún deben confirmar.
El tono triunfalista de su discurso contrasta con la preocupación real de las autoridades canarias, a las que el Gobierno de Sánchez ha ignorado y no ha escuchado. Agradecer la solidaridad de las islas es un gesto necesario, pero no debe servir de escudo para evitar responsabilidades estatales. La gestión de una emergencia sanitaria requiere menos arengas políticas y mucha más precisión informativa desde los canales adecuados.
Resulta difícil separar el mensaje institucional del contexto electoral andaluz en el que se ha producido. Arropar a su candidata, María Jesús Montero, parece ser el verdadero motor de una agenda que mezcla la salud pública con la búsqueda de votos. Esta confusión de roles es la que genera dudas legítimas sobre la verdadera prioridad del Palacio de la Moncloa en estos momentos.
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