
El nacionalismo no descansa, ni en el norte ni en el sur. John Swinney, líder del Partido Nacional Escocés (SNP), ha decidido desempolvar el manual de la confrontación tras validar su posición en las últimas elecciones autonómicas. Pese a no contar con una mayoría absoluta, el primer ministro escocés ya ha dejado claro que su hoja de ruta pasa, inevitablemente, por la salida del Reino Unido.
La prensa separatista catalana ha recibido la noticia con el entusiasmo habitual de quien busca espejos donde justificar su propia causa. En medios como El Nacional, la victoria de Swinney se vende como un renacer del soberanismo en Escocia. Esta narrativa busca insuflar aire a un movimiento doméstico que, tras años de parálisis institucional, necesita referentes externos para mantener viva la llama de la desconexión de España.
Swinney utiliza ahora el auge de la derecha populista de Reform UK como el nuevo espantapájaros político. Según el líder del SNP, la independencia es la única herramienta capaz de «blindar» a Escocia frente a las corrientes que emanan de Westminster. Es el viejo truco de presentar la ruptura como una medida de higiene democrática, ignorando las profundas fracturas sociales que generan estos procesos.
El plan es nítido y busca el choque jurídico inmediato. Swinney ha confirmado su intención de reclamar formalmente al Gobierno británico la activación de la Sección 30. Este mecanismo legal es el que permite a Londres ceder competencias temporales para convocar un referéndum legal. Es, en esencia, la misma vía que se utilizó en 2014 y que el nacionalismo pretende repetir hasta obtener el resultado deseado.
La insistencia de Edimburgo pone en un aprieto a un Ejecutivo central que debe lidiar con las tensiones territoriales en un momento de fragilidad económica. Swinney no ha perdido el tiempo y ha anunciado que presentará un borrador de proyecto de ley durante sus primeros cien días de mandato. El mensaje es directo: no habrá tregua ni periodo de cortesía para el diálogo institucional.
La pregunta que se plantearía a los ciudadanos sería idéntica a la de hace una década. Esta falta de innovación discursiva demuestra que el nacionalismo vive en un bucle constante, ajeno a los cambios de prioridades de la sociedad real. Mientras los problemas de gestión se acumulan, la prioridad política sigue siendo la construcción de una frontera donde hoy no la hay.
En España, el espejo escocés siempre ha sido motivo de distorsión mediática por parte de la izquierda y el independentismo. Se suele omitir que, a diferencia de lo ocurrido aquí, el proceso británico siempre ha buscado encaje en la legalidad vigente. Sin embargo, los socios del Gobierno de Pedro Sánchez prefieren obviar las formas para centrarse únicamente en el objetivo final de la autodeterminación.
En definitiva, el SNP vuelve a la carga con la independencia como único programa de gobierno posible. La historia nos enseña que estos procesos suelen terminar en frustración ciudadana y parálisis administrativa. Mientras tanto, en España, algunos observan con envidia un modelo que solo ha servido para dividir a la sociedad y debilitar a las instituciones comunes.
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