Entrevista a Ricardo Dudda: “El catalanismo es el soporte intelectual del independentismo”

Foto Ricardo Dudda

Foto Ricardo DuddaArticulista en Letras Libres, The Objective y El País, Ricardo Dudda (Madrid, 1992) es una de las firmas incluidas en el ensayo La España de Abel. 40 jóvenes contra el cainismo en el 40 aniversario de la Constitución Española (Deusto). En esta conversación con El Catalán, Dudda destaca la necesidad de que el secesionismo interiorice el fracaso del procés y se amolde a las leyes y maneras democráticas.

En La España de Abel destaca la ventaja de que el nacionalismo español sea un fenómeno residual. ¿Sigue siendo así después del procés?

Creo que sigue siendo un fenómeno residual, a pesar de que hubo un repliegue identitario y nacionalista español tras el referéndum del 1 de octubre. Es obvio que existe un nacionalismo español, pero da la sensación de que solo le hacen caso los independentistas, y una parte de la izquierda, para reafirmar sus posturas y luchas. Está pasando con Franco, a quien la izquierda está fetichizando de una manera increíble.

Dicho lo cual, creo que siempre hay que estar alerta ante cualquier ligero aumento del nacionalismo. La reacción que tuvo una parte de la derecha ante el episodio de Dani Mateo, cuando se sonó la nariz con la bandera, fue desmesurada. Y la persecución a expresiones que aparentemente dañan el honor de instituciones como la corona son preocupantes.

Sin embargo, y más allá de ello, creo que seguimos teniendo cierta laxitud e ironía respecto a los símbolos nacionales, y espero que siga siendo así. El procés la puso a prueba, pero creo que más o menos salió bien parada: la reacción nacionalista se redujo a banderas en los balcones, cuatro energúmenos gritando “a por ellos” y Vox llenando Vistalegre pero con una intención de voto muy baja. Viendo el panorama en países vecinos, es algo de agradecer. De todas formas, el independentismo no necesita que exista un ultranacionalismo español hegemónico, porque siempre puede inventárselo.

En alguna ocasión, se ha referido a los que denomina “intelectuales finos del catalanismo”, como Enric Juliana o Antoni Puigverd. ¿Qué tienen de criticable?

El catalanismo es, en cierto modo, el soporte intelectual del independentismo. Es una doctrina que, con diferentes grados, sostiene que Cataluña merece un trato privilegiado con respecto a otras comunidades: porque ha sido oprimida, porque es más avanzada, porque es más europea, porque es más rica. Hay un ligero supremacismo detrás, que los independentistas llevan a la práctica y a sus últimas consecuencias con el unilateralismo y el secesionismo. Los catalanistas creen que Cataluña no puede negociar de manera multilateral con el Estado, junto a las demás comunidades autónomas. Lo que defienden es una relación bilateral. Ellos merecen más que otras comunidades menores.

Juliana y Puigverd son pensadores respetados, refinados, inteligentes, que suelen comprar el marco del agravio y el victimismo del independentismo. Hace poco, Puigverd se quejaba de que un tuit del presidente de Aragón era catalanófobo, y aprovechaba para defender los artículos racistas de Torra. Decía que estaban sacados de contexto, que el president estaba criticando a los que desprecian la cultura catalana.

En los intelectuales finos del catalanismo hay siempre una sofisticación y una condescendencia: “Lo mío no es supremacismo, cómo va a serlo, eso es muy burdo, de bárbaros. Yo solo estoy constatando un hecho: la cultura catalana es superior a la española”.

Esto no significa que todo catalanismo sea igual. Hay gente muy interesante alrededor de la revista Política&Prosa; hay intelectuales muy interesantes como Jordi Amat o Astrid Barrio, que defienden un catalanismo respetable. Pero todos los catalanistas comparten algo, en diferentes grados: defienden un tercerismo o una tercera vía, o un entendimiento entre las dos Cataluñas, pero casi siempre son más comprensivos con los independentistas que con los no independentistas.

También señala que en Cataluña algunos dicen ir a la contra pero en realidad defienden el statu quo, como el exdiputado de Podem Dante Fachin.

El falso disidente es muy común en el independentismo. Cuando estuve el 1 de octubre en el referéndum, vi que había mucha gente joven que estaba emulando Mayo del 68 pero con sus padres al lado y las instituciones de su parte. Es la revolución divertida. El Govern y el ayuntamiento te dejan hacer la revolución, siempre y cuando la hagas contra España.

Fachin es un ejemplo de fe del converso, y de cómo el independentismo vende una épica de la oposición y la desobediencia desde las instituciones, desde el statu quo.

Daniel Gascón explica en El golpe posmoderno que el nacionalismo catalán adopta un relato victimista que combina sentimientos de inferioridad y superioridad: “Somos un poco mejores pero nos tratan peor; somos una minoría perseguida pero a la vez somos la mayoría”. Es el estatus político más envidiable: cuando te conviene eres víctima, cuando no verdugo.

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha alertado de la “lepra nacionalista” y comparado el momento presente con el periodo de entreguerras. ¿Exagera?

Realmente, no sé si exagera, pero creo que es necesario que lo diga. Como dice el filósofo John Gray, uno de los pecados del liberalismo en estos años ha sido la autocomplacencia y la sensación de que las cosas, o bien van a seguir igual, o van a ir a mejor. Lo vemos con los demócratas en Estados Unidos, que ya asumen que en 2020 volverán a ganar —cuando no está nada claro—.

Hay una tendencia al catastrofismo en los últimos años, y quizá puede ser paralizante. Pero creo que no está mal recordar qué ocurrió antes de las grandes tragedias del siglo XX; no para buscar señales similares o hacer comparaciones, sino para mantenernos alerta.

Teniendo en cuenta la fractura social existente en Cataluña, ¿cómo se entiende que el secesionismo siga hablando de  “un sol poble”?

Porque esa sinécdoque es el núcleo del independentismo, esa idea de coger la parte por el todo. Creo que no puede haber un independentismo que reconozca a la otra mitad, porque eso lo derrumbaría intelectualmente. Salvo algún independentista despistado que piense que el independentismo puede tener fundamentos verdaderamente democráticos, creo que cualquier líder independentista sabe que, si quiere promover su agenda, tiene que mantenerse ciego a las demandas de los que no son verdaderos catalanes.

Una de los lemas recurrentes a favor de la inmersión en catalán es “La llengua no es toca”. ¿Por qué el nacionalismo ni siquiera acepta debatir sobre esta cuestión?

Es algo sorprendente, que incluso acepta el catalanismo al considerar que hay un “consenso” respecto a la inmersión o que “Cataluña es el catalán”, como escribió en una ocasión Xavier Vidal-Folch —un periodista, por otra parte, excelente y esencial para comprender el procés—.

El consenso de la inmersión es ilusorio. Los catalanes, según encuestas, coinciden en que la escuela ha de ser alrededor de un 30% en catalán, un 25% en inglés y un 20% en castellano. No hay para nada unanimidad, como es comprensible en una sociedad plural y bilingüe. En el tema de la lengua es donde catalanismo e independentismo se solapan. La lengua es la base del nacionalismo. Los nacionalistas piensan que la lengua determina una forma de ser y de pensar. Si se pierde el catalán, se pierde la manera correcta de ser catalán.

Creo que el nacionalismo se niega a debatir sobre esto porque la lengua es esencial en la construcción nacional. Si el independentismo fuera algo exclusivamente instrumental, solo una estrategia para construir una república mejor y más democrática y más justa, no habría politizado tanto el catalán. ¿Qué más da la lengua en la que hables en el paraíso? Y los catalanistas, el PSC o los comunes no quieren debatir esto porque piensan que el monolingüismo en una sociedad bilingüe no es nacionalismo, cuando está claro que lo es.

Lliures, el partido formado por críticos de Convergència, aboga por “reconstruir el catalanismo” para reconducir la crisis actual. ¿Es un propósito conveniente?

Creo que todo intento de reconstruir el catalanismo es, en esencia, una manera de volver a la casilla de partida —a antes de 2012 o 2010—, cuando es imposible. El consenso catalanista se ha roto y es inútil hacer como que el procés no ha pasado. Creo que en Lliures se equivocan al pensar que lo que falló del procés fue que era inútil o no llevaba a ninguna parte, cuando realmente su error era de principio, de base. Estaba en su victimismo, en su supremacismo. Es algo común en los moderados del independentismo, o en algunos catalanistas: objetan que el independentismo fue “irresponsable”, como si ese fuera realmente el problema. Es como si lo peor del independentismo fuese que les pillasen con las manos en la masa, no que su plan fuera inmoral.

Hace un mes, los comunes se unieron al secesionismo para reprobar el discurso de Felipe VI posterior al 1-O. Por su parte, Pablo Iglesias ha visitado a Oriol Junqueras en prisión para hablar de los presupuestos. ¿Cómo valora el papel de la nueva izquierda ante el conflicto catalán?

Creo que Podemos lleva años pensando que puede realmente obtener votos en Cataluña siendo más receptivo con el independentismo, cuando es al revés. Se ha visto en las elecciones, y en cómo Ciudadanos se ha llevado el voto de clase y de los castellanoparlantes, que son los de las clases más desfavorecidas. Ahí está el electorado potencial de un partido de izquierdas. Lo que le pasa a Podemos es que intenta representar en Cataluña a un electorado que prácticamente no existe, o que tiene un techo muy claro. Creo que hay un componente clasista en la izquierda catalana, que sigue considerando que el votante inmigrante y castellanoparlante del extrarradio de Barcelona, o de Lérida o Tarragona, es simplemente un facha irremediable.

Fernando Grande-Marlaska ha pedido no dar un “altavoz excesivo” a las acciones de Arran, después de que las juventudes de la Cup pintasen el domicilio del Juez Llarena. ¿Considera acertada la política de distensión del Gobierno?

No lo tengo claro. Es imprudente que la distensión sea unilateral, que negocies con alguien como Torra, que no ha dado muestras de que quiera ceder. El pasado otoño cambiaron demasiadas cosas, y el gobierno no puede ignorarlas. Ha ganado voz y autoestima un electorado, el de antiindependentistas, que estaba ninguneado. Si nunca ha existido un sol poble, ahora menos aún. Creo que el gobierno debería haber aprovechado la derrota del procés tras el otoño pasado para exigir al Govern que se amolde no solo a las leyes sino a los procedimientos, que vuelva a la multilateralidad, y que acepte que hay otras comunidades con intereses y necesidades. Esto lo ven algunos como cruel, como aprovechar su debilidad para exigir más. Es ridículo. Lo único que hace falta es que el independentismo acepte la realidad, nada más.

­Y en su opinión, ¿qué medidas podrían adoptarse para superar la situación actual?

Es complicado. Lo que tengo claro es que las soluciones que funcionaron antes del procés ya no funcionan. Ahora, hay nuevos actores que no van a marcharse. En un conflicto tan enquistado la negociación es necesaria, y tarde o temprano habrá que intentar hablar con aquellos que quieren hablar: desde el independentismo pragmático que rechaza la unilateralidad por que no es la “estrategia” adecuada,  hasta el catalanismo amplio. Considerar que no hay que hablar es ridículo. Creo que Arrimadas se equivocó al decir que no se reuniría con Torra. Reunirse con Torra como jefa de la oposición y ganadora de las elecciones sirve para demostrarle que es solo un presidente autonómico, y que la República catalana no existe.

No soy muy optimista. Quizá hay una parte del independentismo que ha escarmentado, pero hay otra —gente como Jordi Graupera en Barcelona— que parece seguir una estrategia leninista: el fracaso de la revolución solo prueba lo necesaria que es.

Por Óscar Benítez


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