En cada generación empieza todo

Bajo este título, publicaba hace 18 años en el Periódico de Catalunya (24/02/2000) un artículo contra la decadencia de la educación ilustrada provocada por la LOGSE. La ley del PSOE que marginó los contenidos, desautorizó el esfuerzo en las aulas, y cuya consecuencia inmediata fue el aumento de la irresponsabilidad, la apatía y el desinterés entre los escolares.

Aprobada en 1990, cambió las calificaciones por aquel sofisma posmoderno: “progresa adecuadamente”. 28 años después comprobamos el alcance de la infección: analfabetismo cultural, relativismo social, quiebra de valores cívicos básicos, irresponsabilidad, desprecio por los principios constitucionales, fragilidad psíquica, desconsideración al profesorado, fracaso escolar, incluso violencia. Un cuadro previsible entonces y negado aún ahora por nuestros responsables políticos.

La educación les importa un carajo, no así tener controlada socialmente a la adolescencia en recintos cerrados y maquillar los resultados académicos a costa de bajar la calidad de la enseñanza. Maestros y profesores se parecen ya más a monitores que a profesionales del conocimiento. La humillación para los primeros es grande, y la estafa a los segundos, un grave daño.

Como si el tiempo pasara en balde, la ministra Celáa se empecina en el error (ahora el suspenso pasará a formar parte del currículum de bachillerato), y Susana Díaz considera un insulto a toda Andalucía recordarle que su comunidad es la de mayor fracaso escolar según el informe Pisa. ¡Y después se queja de los nacionalistas catalanes! Aquí el que no corre, vuela.

¡Qué pereza escribir lo evidente una y otra vez! Para que constaten que el error es previsible y los políticos son inmunes a él, les dejo con este artículo del año 2000.

EN CADA GENERACIÓN EMPIEZA TODO

El mundo es un reflejo del afán del hombre por conocer los secretos de la naturaleza y ponerlos a su servicio. Apasionante tarea, a veces peligrosa, no siempre fácil o divertida. La riqueza, el arte, la salud, la libertad son consecuencia directa del conocimiento acumulado de generación en generación. Nunca nadie disfrutó como nosotros de sus frutos, pero tampoco existió antes generación menos avisada de sus trampas. Y aún peor, el sistema educativo que habría de evitarlo es precisamente el máximo culpable. Día a día, nuestros centros escolares se desmoronan como universidades del saber y se convierten en patio de recreo y contención con graves problemas de convivencia donde cada vez es más difícil la tarea imprescindible y primera: impartir conocimiento. Yo sólo quiero apuntar la responsabilidad de este sistema educativo en la deconstrucción de los valores ilustrados que fueron y aún son causa de nuestro bienestar.

Lo intuyó ya Ortega y Gasset a principio de siglo: “La civilización (…) permite al hombre medio instalarse en un mundo sobrado, del cual percibe solo la superabundancia de medios, pero no las angustias. Se encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de medicinas benéficas, de Estados previsores, de derechos cómodos. Ignora, en cambio, lo difícil que es inventar esas medicinas e instrumentos y asegurar para el futuro su producción…”

Ortega encontró en su rechazo de “El señorito satisfecho” la imagen de su crítica. No es culpa de nuestros alumnos confundir la sociedad del bienestar con la naturaleza de las cosas. Es lo que han visto siempre. Sus padres, sus abuelos tuvieron carencias claras y si no las tuvieron las vieron en la mayoría de la sociedad española. Esforzarse en un mundo así, era tan natural como no hacerlo en el mundo regalado que ellos han heredado. Sus mayores encontraban en el estudio una conquista personal y, los más progresistas, una utopía social.

Hoy nuestros adolescentes van a la escuela como antes se iba al servicio militar, obligados. Rechazan la memorización de las tablas de multiplicar porque son incapaces de adivinar los innumerables peldaños que deben ser recorridos para llegar a la magia de un puente sobre el abismo. Nadie tiene por qué comprender un proceso sin recorrerlo. Quizás les ocurrió lo mismo a sus abuelos, pero estos no hallaron en el sistema escolar disculpas, ni en sus padres cobijo para la pereza. Todo lo contrario del universo psicológico que impregna hoy el sistema educativo. En nombre de conceptos siempre defendibles, como integración o derecho a la diversidad, aparta del saber a quienes tenían predisposición a hacerlo y nos entregan a la desolación de quienes se niegan a estudiar.

No es una cuestión de medios, sino de fundamentos teóricos: en cuanto padres y alumnos se han percatado de que nadie puede obligarles a repetir curso, aunque suspendan todo, la apatía, el desinterés y la irresponsabilidad se han adueñado de nuestros escolares. ¿Por qué habrían de hacer los deberes, estudiar fórmulas enrevesadas o leer y comprender a Shakespeare? La TV, el discman, el teléfono móvil y mil oportunidades más y mucho más interesantes adulan su vida sin pedirles nada a cambio; ni siquiera el dinero para comprarlo o alimentarlo, de eso se encargan sus padres.

En cuanto se han dado cuenta de que desobedecer, faltar a clase, mofarse del profesor o maltratar a otro compañero no tiene efecto punitivo inmediato a causa de un sistema burocrático de infinidad de derechos y escasos deberes, tienden a repetir la insociabilidad y a contagiarla al resto, pues a menudo encuentran en ella la autoestima. Huelga decir que una vez el profesor ha perdido la autoridad, se hace imposible la transmisión del conocimiento y la clase queda a merced del despotismo cruel de quienes aún carecen de la socialización mínima para prever el alcance de sus actos.

El actual sistema educativo ha marginado los contenidos y desautorizado el esfuerzo. El resultado ha sido el desprecio del saber y la generalización de la irresponsabilidad. De tanto querer proteger al alumno de baremos cognoscitivos que pudieran humillarlo y marcarlo fatalmente a edades inadecuadas, han logrado convertirlo en un discapacitado psíquico, incapaz de realizar tarea alguna o de enfrentarse al más mínimo revés o sacrificio. Sabemos que la frustración es mala, pero su ausencia absoluta nos impide madurar. Y es evidente que la adquisición de conocimientos ha sido la primera víctima.

“Imaginemos -dice K. Popperque nuestro sistema económico, incluyendo toda la maquinaría y todas las organizaciones sociales, fuera un día totalmente destruido, pero que el conocimiento técnico y científico se conservase intacto. En este caso, no cuesta concebir la posibilidad de una rápida reconstrucción a breve plazo. Pero imaginemos ahora que desapareciese todo conocimiento de estas cuestiones, conservándose, en cambio, las cosas materiales. El caso sería semejante al de una tribu salvaje que ocupara de pronto un país altamente industrializado, abandonado por sus habitantes. No cuesta comprender que esto llevaría a la desaparición completa de todas las reliquias materiales de la civilización”.

Convenzámonos, cada generación lo ha de aprender todo, desde el conocimiento técnico a la defensa de la libertad. Pero si bien el fracaso del primero sólo perjudica a quien no lo adquiera, el olvido de la segunda pone en peligro la libertad de todos. Porque la libertad, la autonomía personal, el respeto a las normas cívicas o la convivencia democrática no se compran en los supermercados, se adquieren desde la infancia y deben ser sostenidos cada día. En los años 60 valía todo porque nos sobraban valores heredados. Quizás debamos volver a poner límites si no queremos acabar con policía en nuestras aulas.

Barcelona, 22 de febrero del 2000

Antonio Robles. Profesor de filosofía

 

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