El experimento de Asch

Salomon Asch era un judío polaco que emigró a los Estados Unidos en 1920. Se doctoró doce años después en la Universidad de Columbia. Ejerció la docencia como profesor de psicología durante casi veinte años en el Swarthmore College. En la actualidad esta considerado como uno de los pioneros de la psicología social.

En el año 1951 realizó una serie de experimentos que le confirieron fama y prestigio en el mundo académico. Los experimentos realizados con estudiantes pretendían acreditar lo que Asch denominaba la ‘Teoría de la Conformidad’, que define como la presión social puede inducir a personas voluntariamente al error.

Sus experimentos sobre la conformidad consistían en reclutar individualmente a estudiantes en el campus de la Universidad, para que participasen en una “prueba de visión”.

A cada estudiante captado se la hacía compartir mesa con seis o ocho estudiantes que eran cómplices del experimentador Asch. El experimento consistía en mostrar sucesivamente dos cartulinas blancas, en las que en una figuraba una sola línea vertical, y en la otra cartulina tres líneas verticales señaladas como A, B y C, de las que una tenía la misma longitud de la línea original de la primera cartulina, mientras que las otras dos, una era más corta y la otra era más larga.

Los estudiantes comparaban visualmente las dos cartulinas y tenían decir cuál de las líneas A, B o C, tenían la misma longitud que la de la primera cartulina. La prueba comparativa era muy sencilla, porque visualmente era muy fácil determinar cuál de las tres líneas tenía la misma longitud que la línea inicial.

Sometiendo a un gran numero de estudiantes a este experimento, el participante que desconocía la complicidad entre sus compañeros y el experimentador, se convertía en el foco del experimento.

Se le colocaba en la mesa para que diese su respuesta cuando ya había oído las respuestas de los demás. En el experimento se realizaban dieciocho comparaciones en las que en las dos primeras los cómplices y el sujeto sometido a observación, daban respuestas unánimes y correctas, pero a partir de la tercera exposición, todos los cómplices daban intencionadamente respuestas incorrectas, indicando todos ellos una línea previamente determinada con el experimentador.

Lógicamente cuando le tocaba el turno al sujeto crítico, éste se mostraba internamente contrariado y tenía dos elecciones: o decir la verdad o someterse a la decisión mayoritaria para evitar ser el individuo discordante.

El experimento demostró que sobre un tercio de los participantes se conformaban con el punto de vista mayoritario, demostrándose de esta forma que la presión del grupo incidía directamente en la decisión individual. Con estas pruebas Asch pudo demostrar que en determinadas condiciones los individuos pueden llegar a someterse a la voluntad de la mayoría, cuando ésta es contraria a la realidad.

En unas recientes declaraciones realizadas desde Escocia, la exconsejera del Gobierno de la Generalitat Clara Ponsatí, ha reconocido que las decisiones que se tomaron en los meses previos a la intentona del 1 de octubre, obedecían a algo similar a un farol de una partida de póker y que se sintió estafada por el procés.

Estableciendo una relación de equivalencia entre los alumnos de Asch y los consellers de Puigdemont, vemos como aún sabiendo todos ellos que las decisiones que tomaban eran radicalmente opuestas a la legalidad y que sus actos traerían funestas consecuencias, muy pocos se atrevieron a disentir de la opinión mayoritaria, y los pocos que lo hicieron como Santi Vila, Neus Munté o Carles Mundó dimitieron de sus cargos o fueron cesados por el Presidente Puigdemont.

Asch demostró que el miedo a la reprobación colectiva y la elección del camino fácil que se determina y acomoda a la mayoria, anula la personalidad y destruye la voluntad individual. Ahora estos políticos cobardes están recreando el experimento de Asch, pero no en la universidad sino en las prisiones, en las que las líneas verticales se han convertido en los barrotes de sus celdas. Pero aquí no tendrán problemas en dar sus respuestas, porque todos los barrotes tienen la misma longitud.

Juan Carlos Segura Just
Doctor en derecho.


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