El cristal

Luis Fernando Valero

Con el “proceso independentista” se está cumpliendo lo que se llama la ley de Campoamor aquella que afirma:

«En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira».

Ella conlleva un pavoroso subjetivismo que hace imposible cualquier diálogo. Pues continuamente hay una reinterpretación de los hechos y un relativismo absoluto. Eso que ahora se llama la “posverdad”.

Ahora resulta que Puigdemont, el presidente de la “República catalana”, que fue enunciada pero no proclamada, no ha huido a Bélgica para ponerse bajo el manto de los independentistas flamencos sino que ha ido a divulgar a Bruselas, la capital comunitaria de la Unión Europea, las excelencias de su “República catalana” para lograr los apoyos a través de una pedagogía de las bondades de la “Republica catalana” que es un dechado de democracia, y de paz frente a un gobierno que en absoluto es democrático, no respeta los derechos de los catalanes que no quieren nada más que votar, que es un inalienable derecho de la persona humana.

Ahora resulta dentro de esta coherencia independentista algunos “ciudadanos” de la “Republica catalana” pueden a la vez ser parlamentarios en otro país y cobrar el jugoso salario por sentarse en un curul pagado por los ciudadanos del Reino al que se ha declarado por activa, pasiva y perifrástica que son unos opresores que tienen esclavizados a los “ciudadanos” del país que acaban de proclamar.

Por si todo ello no fuera poco el “presidente huido” desea ser candidato en las elecciones que ha convocado el presidente del país opresor que son autonómicas, no constituyentes,  y que están bajo la legalidad de la Constitución de ese  otro país,  eso si haciendo su campaña en el país en el que ha huido, a pesar de que él declaró por activa, pasiva y perifrástica que sólo estaría 18 meses en el cargo, que no se presentaría más a otras elecciones ya que su misión era declarar la “República catalana”, la cual enunció, pero no declaró, e hizo que la votaran otros, en voto secreto, votando algunos ‘no’, por lo que nadie entiende ni sabe si está o no declarada, aceptada y publicada en los libros oficiales de la “República” en cuestión.

Debe reconocerse que la nueva república neonata tiene una sola ley: la Ley de Campoamor.


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