Me enseñaron que es bueno ser flexible, y que no debemos ser cicateros en nada que por definición sea bueno, así es que: ¡flexibilidad en abundancia, sin miramientos! Todo buen gestor, y en general todo buen profesional, sabe del valor de la flexibilidad para adaptarse a un siempre cambiante entorno.
La Real Academia Española (“Limpia, fija y da esplendor”) nos ofrece varios sinónimos del adjetivo “flexible”, el primero de los cuales es “dúctil”. La ductilidad permite a un alambre común ser deformado y recuperar su forma sin romperse; varias veces… pero no todas ellas porque termina por blanquearse y quebrar. Y es que cada cambio tiene un precio… deja huella, como no es lo mismo indultar (borrar la pena) que amnistiar (borrar el delito).
Una persona, o por flexible o por influenciable, puede cambiar de opinión a lo largo de su vida; y es muy bueno que lo haga: si es flexible porque mejora y sirve de ejemplo a los demás, si es influenciable porque irá aprendiendo con ello. Pero la ductilidad de las mentes es como la de los alambres: ¡hasta cierto punto! Uno puede haber sido, por ejemplo, un convencido de lo que hemos estado llamando “el régimen anterior” y durante la Transición haber comprendido que debía hacerse demócrata, con lo que es difícil que admita ahora gratuitamente ciertos rasgos autoritarios (nótese que no digo totalitarios) en gobiernos actuales, autonómicos o estatal.
O puede haber militado significativamente en la oposición entonces, y no podemos ahora pretender que reprima sus desavenencias cuando ve revivir sesgos contra los que luchó (les pongo el ejemplo de Albert Boadella, y así me explicaré perfectamente). La flexibilidad demuestra honradez intelectual y moral, pero el alambre se parte en dos en algún punto del camino entre la ductilidad y la docilidad, entre la honradez y la estupidez.
Pues bien, incluso sin lograr que cambiemos de opinión, a veces parece que determinados partidos políticos y medios de comunicación social procuran que lo hagamos y la situación es muy parecida: el alambre no llega a quebrarse, pero digamos que blanquea.
Hay telediarios en los que mi alambre blanquea. Una noticia sobre la masacre de estos meses en Gaza, es acompañada de lastimosas imágenes de niños sufrientes y desnutridos; la de un bebé ensangrentado logra conmocionarme sobremanera mientras el locutor me habla del valor de la vida; no se me parte el alambre, pero sí el corazón. Y el alambre blanquea poco después, cuando la siguiente noticia induce a pensar que el valor de la vida no es tanto, si se compara con el derecho de la mujer a usar su cuerpo como quiera y decidir después “interrumpir voluntariamente su embarazo” (que es como pretenden significar la malhadada idea de “abortar porque sí”). Desde luego que la mujer tiene derecho a elegir si quiere o no ser madre, pero no a “matar porque sí”.
La misma parte del arco parlamentario puede valorar la vida de formas radicalmente opuestas, según se trate de circunstancias bélicas o de Estado del bienestar; el bebé recién nacido o el bebé por nacer… (“ojos que no ven, corazón que no siente”, digo yo que será su esquema mental). Igual me dicen fríamente que un feto no es vida hasta no sé qué semana del embarazo… que me blanquean el alambre cuando quieren que me entusiasme porque han sido hallados restos de vida microbiana en Marte.
Estos días se está oyendo repetidamente que defender el aborto voluntario como un derecho constitucional es equivalente a defender a las mujeres. ¿Estamos majaretas?… aunque sólo fuera porque la probabilidad de que la criaturilla sea mujer anda por el 52%… Lo estamos…: alguno de estos iluminados se preocupa más por la extinción del grillo europeo (¡que sí, que hay que evitarlo, pero que no me compare, hombre…!) que por la irresponsabilidad del único animal sobre la tierra que aborta voluntariamente; en el colmo, los hay también que sufren por las violaciones de gallos a gallinas.
Hoy, un xenófobo de los que siempre andan mirando si uno “és de casa o de fora”, también me ha blanqueado el alambre al criticar que alguien (que no he identificado del todo, pero da igual) considerase extranjeros a ciertos MENAs (siendo, por definición: Menores Extranjeros No Acompañados). Un xenófobo dando clases de lucha contra la xenofobia; si soy yo, se me parte del todo el alambre.
En artículos míos anteriores hay mil ejemplos, cada uno en su momento, de paradojas, contrasentidos, disparates, absurdos, hipocresías… me viene ahora a la memoria cuando los que intentaron un golpe de Estado con la DUI llamaban golpe de Estado a la aplicación del art. 155 de la Constitución, o cuando se empezó a llamar “hombre de paz” a Otegi. Esto también es blanquear… y es que ¡hay alambre común y hay alambre de espino! Ductilidad la justa, hágame caso.
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