A veces la historia no se repite como tragedia ni como farsa. Se repite como ley orgánica, votada, publicada en el BOE y, tras meses de recursos, avalada por el Tribunal Constitucional con seis votos contra cuatro como «legítima y razonable». Celebrada con palmas por quienes hasta hace dos días gritaban «ni olvido ni perdón». Pues bien: aquí está el olvido. Y el perdón. Y todo a medida. Como los trajes del procés.
Nos han dicho que esta amnistía cierra heridas, que pacifica, que reconcilia. Pero lo cierto es que no hay nada más desgarrador que ver cómo la ley se convierte en alfombra roja para unos y en trampa para otros. Mientras el autónomo se despista con un modelo de IVA y le cae una sanción automática, a los ilustres sediciosos, perdón, a los interlocutores políticos, se les borra el historial con una sonrisa. Lo llaman Estado de Derecho. Yo lo llamo derecho de Estado, ese que se reserva el poder para perdonar a los suyos.
El día que proclamaron aquella república exprés desde un escaño, yo era diputada en el Parlament de Catalunya. Y puedo decirlo con total literalidad: me quedé ojiplática. No solo por lo que estaba ocurriendo, que ya era suficientemente grave, sino por la frivolidad, la teatralidad, la irresponsabilidad de todo aquello. Muchos de nosotros, aunque algunos lo hayan olvidado, nos dejamos la piel para frenar aquel atropello democrático. Y lo frenamos. Con la ley, con la razón, con firmeza democrática.
Pero hoy, ocho años después, veo cómo todo aquel esfuerzo se borra con una firma. Cómo todo aquel acto ilegal se perdona con una ley a medida. Y no puedo evitar pensar que, en pleno 2025, no estamos avanzando, sino retrocediendo hacia un modelo en el que los poderosos se escriben sus propias absoluciones, y la justicia se reparte por cuotas de poder y no por hechos.
Y no deja de tener su gracia, o su cinismo, que quienes han empujado con más entusiasmo esta ley sean los mismos que conmemoran el 1714 como una fecha sagrada. Aquel año, tras el sitio de Barcelona, los Borbones impusieron el Decreto de Nueva Planta y abolieron los fueros catalanes. Para muchos, eso fue el inicio de la opresión. Pero nadie recuerda, o nadie quiere recordar, qué eran esos fueros: un sistema profundamente estamental, donde la nobleza no pagaba impuestos, donde los delitos se juzgaban según el linaje, y donde las «cartes de gràcia» permitían a los poderosos esquivar las consecuencias de sus actos.
¿No les suena? Porque en el fondo, lo que representa esta amnistía no es una reconciliación, sino una regresión simbólica al Antiguo Régimen. Una vuelta, con barniz democrático y catalán, a aquel mundo en el que había leyes para el pueblo y privilegios para la élite.
La aprobación definitiva de esta ley no es una página más del BOE. Es una señal de que el poder político puede reescribir las reglas del tablero cuando le conviene. No hay arrepentimiento, ni reparación, ni garantías de no repetición. Solo hay urgencia parlamentaria y geometría variable. Se ha normalizado la idea de que determinados delitos políticos pueden negociarse, no en función de su gravedad, sino de su rentabilidad. Que la ley es firme para el ciudadano común, y flexible para quien ostenta poder suficiente como para forzar su olvido.
El resto, ya tal. Los ciudadanos de a pie seguiremos en la fila de Hacienda, en la cola del juzgado, en el formulario infinito de la Seguridad Social. Seguiremos sujetos a la letra pequeña, a los plazos que no perdonan, al recargo que nunca se amnistía. Porque la verdadera desigualdad no está en la renta, sino en la ley: en quién puede torcerla, y quién debe acatarla.
Esta no es una ley de generosidad, ni de justicia transicional. Es una ley feudal, redactada con el lenguaje del progresismo y el espíritu del privilegio. Un fuero posmoderno. Una «carta de gràcia» con membrete del BOE. Una rendición política disfrazada de pragmatismo jurídico.
Y si no frenamos esta deriva, no será la última. Porque hoy se perdona un golpe, mañana se negociará la impunidad futura, y pasado se volverá a cruzar una línea roja más. La lección es clara: en España, si quieres ser impune, no te hagas honrado, hazte imprescindible.
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