Acostumbramos a asistir en la política española reciente a varios espectáculos simultáneos, como en un circo de varias pistas (muchas, demasiadas) en que no da tiempo a ver todo y acaba uno por observar lo que más le gusta o lo que sucede en la pista más cercana o en aquélla adonde se le dice que mire, y desatender todas las demás. Por caridad, le ahorraré a usted la conocida, larguísima y ominosa lista de temas que ocupan las portadas de los diarios desde que empezó esta decadencia. Me centraré hoy en los últimos sucesos de Ceuta y, concretamente, en las críticas que tratan de salpicar a SM el Rey, algunas desde ámbitos insospechados.
Giran todas en torno a lo que se interpreta que puede hacer el Rey y no hace, desdeñando lo que está haciendo porque no interesa al discurso (además de lo que no sepamos: comunicación de su posición, contactos con el Presidente del Gobierno y el líder de la oposición, así como con los Presidentes de Melilla y Ceuta, recepción de este último en Marivent hace un par de horas y con el anuncio de un medio televisivo -que no he podido aún contrastar con otros- de que, cuando sea apropiado, viajará a la ciudad autónoma).
Advierto en la base de muchas críticas, el desconocimiento profundo de lo que es una monarquía parlamentaria, forma política de nuestro Estado según establece el artículo 1.3 de la Constitución. Incluso se apela a su texto, retando al interlocutor para que diga en qué artículo se dice una cosa o la contraria (como indiqué aquí hace unos meses, la Constitución hay que leerla entera y poniendo en relación unos artículos con otros; cualquier interpretación que no tenga esto en cuenta nos expone a un error, generalmente garrafal).
Era yo muy joven cuando voté afirmativamente la Constitución, aunque confieso que mi contacto con la ciencia política había sido limitadísimo y tardé tiempo en aprender el concepto de monarquía parlamentaria, y otros. Pienso que, 48 años después, nos sigue haciendo falta mucha pedagogía mientras sobra palabrería, populismo, manipulación y mentira.
Con el enunciado “el Rey reina, pero no gobierna”, se suele expresar muy resumidamente el papel que le otorga la Carta Magna. Con bastante suerte, oiremos añadir los artículos en que esto se pone de manifiesto, la cuestión del refrendo, las funciones de arbitrio y moderación, etc.
El historiador estadounidense M.C. Hall, refiriéndose a las casas reales europeas modernas, dijo que diferencia a los monarcas del s.XX (y XXI) de sus predecesores la exposición a la mirada pública, que ha aumentado según ha disminuido su poder real, cosa que sus abuelos habrían considerado muy alarmante. Esto de menos poder (y responsabilidad) y más exposición (o escrutinio público) es, en el fondo, un tanto injusto para quien ciñe la corona.
Cuenta el mismo historiador que Canalejas pedía a Alfonso XIII que abandonara la función moderadora para acometer la tarea de la regeneración, que fuera más político que símbolo, más agente que árbitro. Y que Antonio Maura, Ortega y Gasset, Joaquín Costa y otros le incitaron en el mismo sentido. Pero que todos eran partidarios de la participación regia en tanto en cuanto favoreciera su particular programa político, si favorecía al rival la recomendación era tachada de arbitraria e inconstitucional…Concluyo que pensaban en España menos que en su partido respectivo, su Rey cometería muchos errores… pero al menos sí pensaba en España.
Y cuenta también que muchos ministros no eran monárquicos y se guardaban de opinar sobre la monarquía hasta que cesaban en el cargo, que era cuando se desahogaban, para deleite de republicanos y carlistas. Está todo escrito, sólo hay que leer (para aprender) y “traducir al hoy” (para opinar con acierto). “La historia no se repite, pero rima” (Mark Twain).
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